La decisión de la administración Obama de retirar el grueso de las tropas de Irak en los próximos 19 meses alimentó los temores de que Irak vuelva a hundirse en la violencia a gran escala y debilitante que padeció entre 2004 y 2007. Esos temores, en su mayoría, son exagerados. Hay buenas razones para creer que el nivel de estabilidad alcanzado se puede mantener incluso sin una presencia estadounidense a gran escala.
Para entender esto, es importante saber qué pasaba en Irak en 2007, cuando George W. Bush ordenó el envío de 20 mil tropas adicionales, y el general David Petraeus viró las fuerzas a una estrategia más agresiva. Si bien la oleada fue importante, otros dos factores jugaron un papel crítico a la hora de retrotraer a Irak del borde del precipicio. En primer lugar, Bagdad se había transformado en una ciudad dominada por los chiíes. En 2003 cerca del 35% de la población de Bagdad era suní. Hoy, Bagdad es apenas entre un 10% y un 15% suní. Esto significa que entre un millón y un millón y medio de suníes huyeron. La mayoría se refugió en Jordania y Siria, y es poco probable que sea bien recibida por la elite chií que gobierna.
La depuración étnica de muchos barrios de Bagdad en 2006 y 2007 fue deplorable, pero hizo que a los insurgentes suníes les resultara difícil ocultarse o mezclarse con la población, al tiempo que los privó de apoyo logístico y financiero. También le ofreció un grado de seguridad al gobierno liderado por chiíes –en gran medida, el objetivo de una campaña bien articulada.
El segundo factor crítico para estabilizar a Irak fue el reconocimiento de sus vecinos, y en algunos casos el apoyo del gobierno del primer ministro Nouri al–Maliki. Este fue un cambio importante respecto del período 2003–2005, cuando los vecinos suníes de Irak, por temor a la nueva elite chií, se oponían a la ocupación estadounidense.
Las múltiples insurgencias que se desarrollaron en 2003 y 2004 estaban solventadas, en parte, por dinero, materiales y combatientes del extranjero. Atacantes suicidas de todo el mundo árabe ingresaban a través de las porosas fronteras con Siria y Jordania. Los gobiernos regionales pueden no haber apoyado abiertamente a los insurgentes, pero evitaron perseguir a los grupos jihadistas que operaban al interior de sus fronteras. Ellos empezaron a cambiar estas políticas después de que Al Qaeda en Irak bombardeó tres hoteles en Amán en 2005, matando a 60 personas. Los gobiernos atemorizados tomaron conciencia de que el tipo de violencia que ocurre casi a diario en Irak había empezando a filtrarse por las fronteras.
Poco después de este incidente, el servicio de inteligencia de Jordania empezó a asistir al Gobierno iraquí en la persecución de la red Al Qaeda en Irak. Para junio de 2006, este esfuerzo estaba rindiendo sus frutos. Los agentes jordanos fueron instrumentales para ofrecer la inteligencia que les permitió a las fuerzas de EU matar a Abu Zarqawi, el cerebro del bombardeo de Amán. En 2006 y 2007, la inteligencia jordana, en colaboración con las tribus suníes iraquíes, fragmentó a Al Qaeda. Es más, se hicieron esfuerzos sosegados en el mundo árabe para restringir el reclutamiento y financiamiento de los atacantes suicidas destinados a Irak.
El papel de Irán en Irak también cambió. El Gobierno iraní había avalado a los grupos de milicias chiíes, incluido el ejército Mahdi, liderado por el clérigo radical Muqtada al-Sadr. Pero los iraníes también tenían vínculos estrechos desde el principio con elementos del gobierno de coalición liderado por los chiíes. En 2008, tras la operación militar de Maliki para depurar a las milicias en Basora, los líderes de Irán parecen haber decidido que esta estrategia de dos caras se había agotado. Irán entonces ayudó a diseñar un alto el fuego que fue altamente favorable a Maliki, y cimentó su postura dominante dentro del gobierno de coalición iraquí. La postura de línea dura de Maliki sobre la necesidad de un cronograma firme para el retiro de tropas de EU fue crítico para la decisión de Irán de respaldarlo.
