Paul Kagame es un tipo moderno. Ayer al mediodía colgó en su cuenta de Twitter una foto en la que estaba a punto de votar y se le veía elegante. Había otras en las que aparecía con niños en brazos y abrazando a ancianas, pero en esa su porte era especial. Vestía una chaqueta hecha a medida, un reloj en la derecha y tenía una enorme sonrisa de ganador. Porque sabía perfectamente que iba a ganar. Aunque no se sabrán los resultados definitivos hasta mañana, Kagame ganó ayer por abrumadora mayoría las elecciones y seguirá siete años más al frente de Ruanda. La única duda es saber si obtendrá una victoria superior al 95% de votos que logró en las elecciones de 2003.
Varias organizaciones humanitarias -Human Rights Watch y Amnistía Internacional entre ellas- denunciaron “el clima de miedo y la creciente represión política” que vive el país. La oposición utiliza directamente las palabras “dictador” para definir al líder ruandés y “payasada” para describir la segunda llamada a las urnas después del genocidio de 1994, cuando más de 800 mil personas, 1 de cada 10 ruandeses, fueron asesinadas.
En los últimos seis meses, los borrones en la libertad han sido la norma en Ruanda. Los tres candidatos críticos con Kagame no han podido presentarse a las elecciones, uno de ellos está en prisión y otro con cargos por incitar al terrorismo y negar el genocidio y se han cerrado varios medios de comunicación.
También hay muertes sin resolver: hace un mes, uno de los líderes de la oposición fue brutalmente asesinado; apareció junto a un río con la cabeza destrozada. Un general disidente fue herido de bala en Sudáfrica, donde se refugiaba, y un periodista ruandés que investigaba el suceso recibió un tiro en la sien.
En conversación con La Vanguardia, el analista africano Ayo Johnson confirma el aura de dictadura que envuelve al presidente reelecto. La oposición tiene muchas razones para denunciar falta de libertad. “Ha habido intimidaciones y arrestos; Kagame es muy popular, pero desde el año 2000 lidera el país con prácticas draconianas”, explica.
La popularidad del gobernante tiene varias lecturas. Parte de la población le sigue viendo como el líder militar que acabó con el genocidio cuando el mundo dio la espalda a Ruanda: al inicio de la masacre, la ONU ordenó la retirada de sus tropas.
Kagame también tiene buena prensa en Occidente. Europa y Estados Unidos no ven con malos ojos a un político que ha dado estabilidad a un estado convulso y ha conseguido revolucionar para bien la economía del país. El carisma y la buena agenda de amistades de Kagame ponen color a una hoja de servicios con claroscuros: en 2008, el juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu subrayó que “había indicios” de la implicación del presidente ruandés en delitos de sangre durante el genocidio.
Para Johnson, la buena marcha de Ruanda invita a que Occidente se haga de la vista gorda. “Frente a la ausencia de libertad, hay que reconocer que económicamente Ruanda ha tenido uno de los mayores progresos de África; y la buena gestión de la ayuda internacional agrada a británicos y americanos”, señala. El progreso ha aterrizado de lleno en Kigali. Nuevas carreteras y hospitales, conexión a internet e inversiones decididas en el sector de la agricultura y el turismo. Con resultados: en 6 años, Ruanda ha aumentado 128% las visitas de turistas al país.
Kagame, que hace gala de su pasión por las nuevas tecnologías y luce una excelente página web, cuentas de Facebook y Flickr, además de un canal en YouTube, no tuvo reparos hace unos días en dejar de lado su cara más civilizada y contestar con fiereza a quienes denunciaban que el progreso en Ruanda ha llegado a costa de la libertad. “Deberían ir a ahorcarse”, propuso.