“Si Cristina no tiene mayoría legislativa, volvemos a la crisis del año 2001, a la pobreza, a la desocupación, esto explota”. La catastrofista frase, pronunciada hace unos días por el ex presidente argentino Néstor Kirchner, ejemplifica a la perfección la tensa situación política creada en el país por el propio matrimonio gobernante.
Kirchner será candidato a diputado y encabezará la lista parlamentaria de su movimiento peronista, el Frente para la Victoria (FPV), a las elecciones legislativas anticipadas del 28 de junio. Con la polémica confección de las listas oficialistas y con discursos explosivos, Kirchner y su esposa, la presidenta Cristina Fernández, han convertido las elecciones legislativas del 28 de junio en un plebiscito a su gestión.
Así, un año y medio después de dejar el poder, Kirchner regresa a la arena institucional para defender a todo o nada su proyecto, iniciado con su presidencia en el año 2003 y continuado por su esposa. Aunque es cierto que el ex mandatario nunca abandonó la política. En estos meses ha seguido tomando decisiones de Estado desde la sombra marital, y además se ha hecho con las riendas oficiales del peronismo, tras convertirse en presidente del Partido Justicialista (PJ).
Por imperativo constitucional, las legislativas debían celebrarse el próximo octubre, pero Fernández decidió por sorpresa adelantarlas a junio. La crisis económica global fue la excusa oficial, pero el motivo real fue el deterioro del gobierno en las encuestas y el goteo de deserciones entre las filas kirchneristas. No obstante, la decadencia empezó antes de que se vislumbrara la crisis financiera.
En marzo de 2008, a pocos meses de asumir Fernández, la huelga de los productores agrarios provocó la polarización de Argentina, además de desabastecimiento en las ciudades por el bloqueo de las carreteras de todo el país.
Tras cuatro meses de tensión irrespirable, el vicepresidente de Argentina y presidente del Senado, Julio Cobos –un radical díscolo aliado de los Kirchner–, insufló oxígeno en la vida política, votando contra el gobierno y derogando el polémico impuesto a la exportación de granos.
El adelantamiento electoral fue el primer gesto de nerviosismo de los Kirchner ante la perspectiva de quedarse solos. Pero a partir de ahí todo ha sido plebiscitario, empezando por la confección de las listas de junio. Pese a que era vox pópuli desde hace meses, Kirchner mantuvo en un absurdo misterio la oficialización de su candidatura hasta la medianoche del sábado, cuando acababa el plazo de presentación. Hasta esa hora, el ex presidente estuvo haciendo gestiones para que en la foto de la lista estuviera la mayoría de cargos peronistas con poder, y prevenir así cualquier desapego posterior. Así nacieron las llamadas candidaturas “testimoniales”.
Kirchner es candidato por la circunscripción de la provincia de Buenos Aires y, tras él, se alinean desde el gobernador provincial, Daniel Scioli, hasta 45 alcaldes peronistas bonaerenses. La oposición critica estas candidaturas, pues la gran mayoría, como Scioli, no aceptará el acta de diputado.
Kirchner tendrá en frente a una oposición dividida, donde el primer enemigo es el millonario Francisco de Narváez, representante de los peronistas sin poder.
El estilo de confrontación es inherente al kirchnerismo, que ha abusado de la polarización para defender su modelo estereotipado: entre ricos y pobres, entre el campo y la ciudad, entre izquierda y derecha. Si los Kirchner pierden en junio, ellos mismos se habrán puesto en la picota con estas elecciones plebiscitarias.