Unos pocos centímetros de nieve han convertido Londres en una ciudad con infraestructuras y servicios propios del tercer mundo, y el aeropuerto de Heathrow (el de mayor tráfico del planeta) en un campo de refugiados. Esto parece Biafra después de la hambruna, Darfur en plena guerra civil, Pakistán después de un monzón, el Superdome de Nueva Orleans a poco del paso del “Katrina”, comenta, con una exageración propia de la ira, Inés, una vasca resignada a no llegar a casa para Nochebuena, que llevaba tres días y tres noches tirada en la terminal tres.
Tony Blair envió hace unos años los tanques del ejército al aeropuerto de Heathrow, interesado en meter a la gente el miedo en el cuerpo con la amenaza terrorista y conseguir que renunciara a libertades a cambio de seguridad, pero quizás ahora serían más necesarios en medio del absoluto caos, con miles de personas agotadas y los nervios a flor de piel, desde que el sábado cayó una nevada y la capital inglesa quedó paralizada, como si se hubiera tratado de una bomba de neutrones.
Lo peor de todo es la absoluta carencia de información, la falta de respeto con que las aerolíneas y la empresa que gestiona el aeropuerto BAA, propiedad de la firma española Ferrovial, tratan al consumidor, aprovechándose de su impotencia, se lamenta el almeriense Pedro, un afortunado que tenía tarjeta de embarque en el único vuelo de Iberia que salió en dirección a Madrid el lunes, con cinco horas de retraso.
Fue una auténtica odisea cuenta, “porque el personal de seguridad ni siquiera me dejaba entrar en el edificio de una terminal atiborrada de gente, asegurándome que el vuelo estaba cancelado. Tuve que ir a la zona de llegadas y desde allí subir a la de salidas por un ascensor interior, con el pretexto de que mi familia estaba arriba y yo había bajado buscando un cuarto de baño en condiciones. Luego, ignorar una cola de cientos de personas con los carritos del equipaje e ir directamente al mostrador de facturación de clase business, que estaba vacío”.
Desde el domingo, y en vista de que miles de personas ocupan los pasillos del aeropuerto con sus pertenencias a la espera de poder viajar, en Heathrow solo se permite la entrada en las terminales a quienes figuran en las listas de pasajeros de aviones cuyo despegue esté confirmado (el lunes un 10% del total y casi todos transatlánticos, el martes alrededor de un 40%).
Lágrimas, basura, desesperación, ira... En Heathrow hay gente que lleva desde el viernes pasado esperando un vuelo, con el crédito de los móviles agotado después de llamadas interminables a sus aerolíneas para encontrar solo cintas grabadas que no ofrecen ayuda, sin dinero para pagar hoteles ni para un bocadillo. La tensión es palpable en los puntos de acceso a internet, que se han convertido en la versión de las colas para recibir un plato de comida en los campos de refugiados.
El panorama es igual de tercermundista en la estación de tren de Saint Pancras, donde la gente hace cola de un kilómetro desde las 6:00 a.m. a la espera de conseguir un billete a París, y desde ahí una conexión a casa. Los más aventureros se han ido a los puertos de Portsmouth o Plymouth para coger el ferry rumbo a Santander o Bretaña. Cualquier cosa con tal de llegar a casa a tiempo de cantar los villancicos. Y todo, por unos copos de nieve...