El chocolate del loro es el giro proverbial que, en España al menos, alude al ahorro que no sirve para nada. Se ve que a los loros les gusta mucho el cacao, pero tampoco se zampan tantas tabletas al mes como para que dejarles a dieta se note en el bolsillo.
No sé si, a partir de ahora, habrá que hablar del automóvil del ministro, en vez, porque el plan de ahorro del Reino Unido incluye dejar sin coche oficial a los titulares de las carteras del Gobierno.
Cada ministro tendrá que utilizar el suyo propio o bien ir al trabajo en metro, como cualquier hijo de vecino. Ni qué decir tiene que secretarios de Estado, subsecretarios y directores generales van a quedarse también sin ese chocolate móvil. Pero como es probable que los encargados de la seguridad de las fuerzas vivas pongan el grito en el cielo ante tanta promiscuidad en el transporte, va a ser cosa de organizar visitas turísticas para ver la procesión del gabinete con el titular, sus ayudantes, el aparato administrativo y los policías correspondientes ocupando un vagón entero del metro mientras repasan la agenda de compromisos de la mañana.
¿Se ahorrarán jugosas partidas del presupuesto con una medida así? No conozco el detalle de las cuentas, pero lo que es seguro es que el olfato político de David Cameron, el nuevo primer ministro de su majestad la reina, está en plena forma. Porque con la que está cayendo tan importante resulta el fondo de la cuestión, los dineros que se ajustan, como la forma, la imagen que se da ante la ciudadanía.
Y lo de los automóviles de lujo con los cristales tintados agolpándose en segunda fila ante cualquier restaurante, teatro o caserón clama al cielo. En particular porque no sé yo en Londres pero aquí, en España, los coches oficiales abundan tanto como las autoridades de todo estilo, estatal, autonómico o municipal porque cada una de éstas cuenta al menos con un transporte con cargo al erario público.
Recuerdo que hace un par de años me llamó muchísimo la atención el haber quedado con un concejal del ayuntamiento en el que vivo en Mallorca, y ver que llegaba a la cita en su moto particular; una Vespa, por cierto. Bien tremendo es que eso suponga una sorpresa porque, si nos detenemos siquiera un minuto en lo que supone el ejercicio de la administración pública, cuesta trabajo entender las razones que justifican que sea necesario llevar en volandas y bajo palio a quienes están a su cargo.
Pero quizá una solución mejor fuese la de dejar tranquilo el chocolate y terminar con el propio loro. El problema no son tanto los coches como la carga brutal de una administración redundante, sobredimensionada y en buena medida inútil.
Acaban de ser despedidos en mi país unos cuantos directores generales de importancia indiscutible a la vez que siguen en marcha ministerios sin competencias, consejerías autonómicas que multiplican por 17 la misma función, cargos-florero y oficinas pintorescas dedicadas a los menesteres más descabellados.
¿Qué sucedería si convirtiésemos en pensionistas, con premio de chocolate incluido, a quienes mantienen en España funciones vacías de toda justificación?