Aunque tiene muy poco lenguaje verbal, sus ojos color cielo lo ayudan a comunicarse. Sebastián, de 14 años, es un joven con autismo, quien con su sonrisa y su mirada transmite sus sentimientos.
A Sebas, como le llaman, le encantan los apapachos; eso sí, solo se deja mimar de quienes confía. Cuando quiere ser abrazado no extiende sus brazos de par en par, sino que se aproxima dulcemente a quien busca, esperando recibir su abrazo.
Los deportes no son obstáculos para este chico de cabello rubio y tez blanca que no tiene ninguna limitación física y goza de mucha coordinación. Una muestra de ello es su habilidad para el patinaje, el tenis, el básquetbol, la natación y para manejar la bicicleta.
Sebas ha sido incluido en un colegio regular al que asiste acompañado de su perra ‘Aruba’, una Golden Retriever entrenada y certificada en Estados Unidos como perro de compañía, siendo este el primer can en el sistema educativo escolar del istmo.
Hoy Sebastián le está haciendo frente a sus desafíos, relata su mamá. “Está aprendiendo a escribir su nombre y, aunque le cuesta mucho, también está aprendiendo a amarrar sus cordones”, comenta.
Sin embargo, físicamente nadie pensaría que Sebas tiene autismo, un trastorno generalizado del desarrollo que afecta las áreas de lenguaje, socialización y conducta.
El autismo es, en la realidad, mucho más que eso, dice la psicóloga Lissett Basmeson, terapista de modificación de conducta y lenguaje. “Son jóvenes y niños con sentimientos, escuchando sin poder expresarse, marginados por la sociedad por desconocimiento, muchas veces dictados por su condición neurológica, siendo esto lo que los determina ante los demás. Un autista es una persona sin un puente para llegar a nosotros”, plantea.
Así como Sebas, hay muchos casos de personas autistas. Uno de cada 150 niños son diagnosticados con el trastorno en EU, según datos del Centro de Control de Enfermedades, y de acuerdo a la Sociedad Americana de Autismo estos casos aumentan cada año en promedio de 10% a 17%.

