[PRODUCIR Y CONSUMIR]

Lujo y miedo

Para salvar un sistema despiadado, se puso al servicio de los bancos cientos de miles de billones, mientras que la FAO pedía 12 mil millones para paliar el hambre y no lo ha conseguido.

Dice una canción de John Lennon que la vida es eso que nos pasa mientras hacemos otros planes, lo que además de ser un alegato a favor del presente, es una denuncia sobre la escasa facilidad que tenemos los seres humanos para interiorizar lo que está sucediendo en este instante, en este día, en este año, y prever sus consecuencias. Como la vida no tiene guión predeterminado –no es una obra de teatro–, no hay ensayo posible. Lo que hacemos no tiene vuelta atrás.

En realidad, se trata de la escasa facilidad que tenemos de vernos desde fuera y juzgarnos. Pareciera que vivimos a trompicones. En el plano personal, colectivo o político. A veces, ni siquiera reparamos en que cada día nos aporta un momento de humillación, que puede ser una estrepitosa caída en público, sin consecuencias pero totalmente carente de glamour, o comprobar que el argumento que defendimos con pasión en la reunión del sábado está obsoleto en cada una de sus partes.

Esos momentos son propicios para encarar las limitaciones y pisar tierra firme, pero hay errores históricos que se repiten hasta el infinito y no encontramos el modo de enmendarlos. Es más, nos habituamos a ellos. A fuerza de verlos reflejados en los medios, asimilamos con la misma tranquilidad los 50 muertos de un atentado en Irak –ayer pudieron ser 30 y mañana cientos– que el divorcio de Madona.

Entre finales de 2008 –año bisiesto tenía que ser– y principios de este, dos catástrofes han puesto de manifiesto esa inconsciencia con que vivíamos un presente que ahora es pasado y que nos ofrece un futuro funesto. La primera ha sido el derrumbe del sistema financiero internacional. Poco nos duró la globalización económica que tantos adeptos y fanáticos tenía. Así como hay fundamentalistas religiosos y políticos, había fundamentalistas del capitalismo. Era la moda, la corriente, el dogma. Los escépticos, un puñado de retrógrados, aunque al parecer eran los únicos que vivían el presente a conciencia.

La humillación de la caída, sin embargo, no ha servido para encauzar el rumbo del poder. Con el fin de salvar un sistema despiadado, se ha puesto al servicio de los bancos cientos de miles de billones –plata que por cierto no ha llegado aún a los ciudadanos que requieren de un crédito– mientras que la FAO pedía 12 mil millones para paliar el hambre del mundo y no lo ha conseguido. Una anécdota que lo explica: Oscar de la Renta declaró a la prensa en Madrid que para el lujo no hay crisis.

La otra catástrofe, la masacre de la población civil en Gaza a manos del ejército israelí, tiene categoría de tragedia. Veintitantos días de ataque y más de mil muertos palestinos, sin que el mundo pudiera hacer nada para remediarlo. Humillación colectiva para el mundo civilizado. Para la ONU, para los líderes políticos, para la gente normal que, indiferentes o inconscientes de lo que se fraguaba, ya nos habíamos acostumbrado al eterno conflicto entre palestinos e israelíes. Ahora Israel ha declarado un alto el fuego unilateral. La fiera, ahíta de sangre, reposa. Hamas condiciona el cese de sus ataques a la retirada de las tropas en la franja.

Vivimos en un mundo vulnerable cuyas estructuras han demostrado una fragilidad pasmosa. En una entrevista reciente para la televisión española, el economista y escritor José Luis Sampedro, de 92 años, explicaba que el hombre moderno ha perdido el afán de aventura y descubrimiento que caracterizó a los humanistas, porque se nos ha educado solamente para producir y consumir. Lejos de adentrarnos en la exploración del mundo, creamos murallas para evitar que otros nos descubran. Tenemos miedo y desconfianza.

Todos de todos. El cliente del banco, del banquero; el empleado teme al empresario y este al sindicato. El palestino al israelí, y el Gobierno estadounidense a perder su hegemonía y sus aliados. Añadía Sampedro que el sistema occidental está agotado, y que los que tienen en sus manos el poder de transformarlo en otro más humano y equitativo, no tienen el raciocinio ni el interés para hacerlo. Obvian el presente y hacen planes para revivir al agonizante en el que vivieron a todo lujo. Y en el lujo, no hay crisis.


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