Desde que tengo uso de razón vengo oyendo que los latinoamericanos no son gente confiable, porque si no te hacen una charranada a la entrada te la hacen a la salida. Y aunque siempre rechacé el aserto, ahora estoy a punto de darlo por bueno. Adivinen debido a quién. ¡A Lula!
A mi amigo Adolfo casi le da un patatús cuando el persistente Lula, tras tres o cuatro intentos fallidos, alcanzó los votos para convertirse en presidente. “¡Se desgració Brasil! ¡Se fastidió el continente! ¡Apaga y vámonos!”. Yo le decía que se tranquilizara, porque ese país tenía dos instituciones muy sólidas; una civil, Itamaraty, la cancillería, y otra militar, el colegio de defensa, que no permitirían veleidades de ninguna clase a un metalúrgico comuñanga del Partido del Trabajo que, además, no sabía a derechas dónde le quedaba la mano izquierda.
Cumplidos casi los dos mandatos de gestión lulaiana, la historia nos ha dado la razón a los dos. A mí porque el metalúrgico no incendió las praderas, no nacionalizó empresas extranjeras ni locales, ha gobernado con dos dedos de frente y se granjeó la buena voluntad internacional, al punto de que consiguió para Brasil la sede de unas olimpiadas, un sitio en el G-20 y hasta hay quien ve con buenos ojos su pretensión de sentar permanentemente a Brasil en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y a Adolfo porque, aunque a la manera de la gatita de María Ramos, Lula fue el anfitrión del Foro de Sao Paulo, aquel cónclave terrorista cuyos frutos estamos viendo hoy en Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Nicaragua, Paraguay, Perú.
Lo que ni Adolfo ni yo pudimos prever es que Lula, tras comportarse con decencia pecunaria casi todo el tiempo, se descompusiera a última hora y se metiera en el caso de Honduras.
En Honduras hubo en efecto un golpe de Estado, el que protagonizó el entonces presidente Mel Zelaya y por suerte, merced a la solidez de la constitución y las instituciones locales, quedó apenas en grado de tentativa. Pero a la inmensa mayoría de los países del continente les dio por decir que los golpistas no eran quienes habían pretendido dar el golpe, sino quienes lo impidieron, convirtiendo de paso a la Organización de Estados Americanos en un repulsivo lupanar.
Y, pareciéndole eso a Lula poca inmundicia, atendió los requerimientos de Chávez para colar de tapadillo al esperpéntico Zelaya en la embajada brasileña en Tegucigalpa, con lo que arrojó al fango –ya en las 10 de última– su brillante trayectoria como estadista. ¿Qué dónde están Itamaraty y el colegio militar? No me lo pregunten porque no lo sé.
El tipo no la hizo cuando llegó, pero la está haciendo al irse. ¡Y bien sonada!