Solo una mente enferma puede considerar a Mao Tse Tung y la madre Teresa como dos personas afines, pero para la progresía no parece haber contradicciones entre un asesino y una santa.
Anita Dunn, directora de Comunicaciones de la Casa Blanca, asesora de Barack Obama, fue quien hizo la analogía al indicar que a Mao y a la madre Teresa de Calcuta son a quienes más recurre para esclarecer su pensamiento filosófico.
Dunn mezcla la perversa ideología del tirano que exterminó a 70 millones de sus compatriotas y hundió a la China en la miseria, con la beatitud de la madre Teresa de Calcuta, quien se dedicó por entero a salvar vidas en una de las ciudades olvidadas del mundo.
Mao, el líder comunista, obligó de por vida a sus coterráneos a leer y aprenderse un único libro con máximas de su iluminado pensamiento, logrando que los hijos denunciasen a sus padres, en el caso de que éstos criticaban al régimen, para que fuesen ejecutados o enviados a un gulag.
La madre Teresa nunca trató de dominar o convencer a nadie, y se fue a la India a ayudar a quienes consideró necesitados. Dijo sabiamente: “Soy egoísta, no lo hago por ellos, lo hago por mí”. “Al final todo es entre tú y Dios”.
La ambigüedad es el axioma de la progresía. La señora Anita Dunn y los de su línea opinan que Mao y la madre Teresa buscaban el bienestar de los demás. Ese es el simulado discurso socialista, y el punto de convergencia que fabrica la obnubilada funcionaria para pregonarlo. También es la excusa que emplea la izquierda para cometer cualquier atrocidad.
Los “progres” se consideran solidarios con los pobres, pero viven en la opulencia. Son incapaces de dar caridad, porque el diezmo no entra en su cosmología. Por regla general son laicos. Adoran que el Estado les quite a los que tienen para dárselo a los que carecen. Les encanta ser gobierno, así obtienen parte del botín para sostener su estilo de vida.
Con tantos izquierdistas fuera del clóset, se está dando una oportunidad trágica pero excepcional, para que por fin la desvergüenza de la progresía se vea en toda su magnificencia.
Es asombroso que Washington, Jefferson, Adams, forjadores de la civilización más libre y democrática que conoció la humanidad, estén siendo desplazados por asesinos totalitaristas del formato de Mao Tse Tung y Ernesto Che Guevara, aunque este último no pudo darse el gusto del chino de aniquilar a tantos millones que no razonasen como él. Los superfluos dicen del Che: “Era un idealista”. Pues también lo era Hitler, y los terroristas que se estrellaron contra el World Trade Center. Todos los asesinos políticos son idealistas.
Los más sanguinarios revelaron su pensar gráficamente. Hitler escribió su libro en el que idealizaba un mundo donde todos eran rubios menos él. Y Mao redactó uno en el que su figura y el partido reemplazaban a Dios.