La tremenda revuelta popular de Xinjiang, donde los inmigrantes chinos se enfrentan a los musulmanes igures, que son mayoría salvo en la capital, Urumqi, ha vuelto a hacer aflorar el lado peor del régimen chino, ese experimento político y social que les ponía los ojitos redondos a los analistas occidentales hasta que la crisis económica devolvió las cosas a su sitio.
El paso desde el régimen comunista a un sistema capitalista en el que no queda claro cuál es el papel del Estado tiene dificultades para desembarazarse de los tics del régimen totalitario.
Li Zhi, secretario —es decir, mandarín— del Partido Comunista chino de Xinjiang, ha dicho bien a las claras que la forma de hacer que las aguas vuelvan a su cauce es fusilar a los culpables.
Quiénes puedan ser éstos importa poco: lo crucial es el gesto de autoridad, el rito del tiro de gracia, el mensaje de que todo está controlado.
Para añadir alguna que otra víctima más a los casi dos centenares de muertos que se llevan contados en Urumqi se harán los pertinentes juicios, que es probable que tengan su lado oscuro.
Pero eso es lo menos que cabe esperar de un salto como el que China está dando. Ya lo dijo Fidel Castro: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Y a quien le toque el sambenito de verse cascado en el trance le queda el consuelo de saber que lo fusilan como parte del ritual de homenaje al progreso inevitable de los pueblos.
Sin embargo, quedan cabos sueltos. Por debajo de la unidad de destinos en lo universal -que nos decían en la época de Franco- ese disfraz para los atropellos que se hacen en nombre de la Historia, con mayúsculas, queda la dimensión de lo mínimo, el toque artístico del azar.
Los disturbios de Xinjiang tienen una causa que viene de muy lejos: la del difícil acomodo de dos etnias en un mismo sitio. Pero el desencadenante ha sido la equivocación de una muchacha china que, al parecer, se metió por error en el dormitorio de unos chicos igures.
Se sabe incluso el nombre de ella, así que no estamos hablando de generalidades bobaliconas como la de la mariposa que agita sus alas en Hong Kong y desencadena una tempestad en Nueva York. La mariposa ésta tiene cara.
A partir de ahí, la rutina de la barbarie: gritos, insultos, golpes, venganzas. Revuelta popular, vamos, con todos los ingredientes de cualquier lucha urbana.
El Ejército chino ha tenido que desplazarse a Urumqi con gran aparato de armamento, incluso pesado, sellando la plaza título de aviso para navegantes. Es la manera como los líderes que se saben protagonistas de la Historia entienden que hay que impedir que la revuelta se vuelva guerra. Pero ni todo el poderío de los ejércitos reunidos del planeta podrán meter de nuevo la pasta de dientes salida del tubo: siempre habrá una Huang Cuilian colándose en un dormitorio equivocado.
Lo que nos correspondería a nosotros, de forma colectiva, es lograr un mundo en el que de ese gesto solo pudiera derivarse una novela de amor.