[EDUCADOS A MANO]

Material didáctico

En las últimas semanas, dos casos de violación a niñas de trece años por varios compañeros un poco mayores que ellas, han hecho sonar todas las alarmas en España.

Simplemente era así y nadie echaba en falta otra cosa; es poco probable que se añore lo que no se conoce. Sin embargo, viendo los materiales didácticos que usan los niños ahora, creo que los de mi generación algo nos perdimos. Los elementos audiovisuales y computarizados no estaban inventados o su aplicación masiva no era posible, y tan sencillos eran los útiles que teníamos a nuestro alcance, que puede decirse sin miedo a equivocarse que fuimos educados a mano.

Los lápices, por ejemplo, eran siempre de ese desvaído tono que no es marrón y que tampoco llega al amarillo. Muñequitos y estampados abstractos en una pluma eran inimaginables, y nuestros plumines, que había que mojar en un tintero incrustado en el pupitre, ponían a prueba nuestra pericia: ni mucha tinta para no embarrar el cuaderno ni tan poca que no nos permitiera trazar legiblemente unas letras que apenas estrenábamos. Luego, sobre lo escrito, colocábamos con esmero el secante, un cartoncillo absorbente que aceleraba el proceso de secado. Aun así, los maestros se mostraban implacables. La buena presentación era imprescindible, tanto como la buena ortografía y la coherencia en la redacción. El esfuerzo para lograrlo no contaba. Solo el resultado.

Los libros, curiosamente, estaban llenos de palabras. Muchas palabras. Capítulos llenos de párrafos que formaban conceptos sin el alivio de unas ilustraciones en las que recrear la vista. Las pocas que había eran rudimentarias y terriblemente moralistas, y por supuesto carecían de color. Para proteger las tapas, los forrábamos con papel azul marino, que resistía mejor la suciedad que el papel estraza. Si a alguno se le hubiera ocurrido (que no se le ocurría) alegrar su manual con fotos de artistas o cantantes hubiera sido acusado de novelero. Todo era sobrio y serio. Muy serio. Por eso creo, cuando veo el colorido y la vistosidad de los materiales modernos, que algo nos perdimos.

También nos perdimos otras cosas. Nuestros padres no estudiaban jamás con nosotros, ni nos ayudaban a hacer la tarea. Esa era nuestra responsabilidad ineludible, y lo más que hacían era estar ahí, omnipresentes y omnipotentes, dispuestos a absolver nuestras dudas, y de vez en cuando se pasaban por el colegio donde el maestro les ponía al corriente de la última vez que saltaste por la ventana y te fuiste a pasear a la orilla del río, y encima tenían la suerte de que nuestros progenitores les daban siempre la razón y nunca cuestionaban su método pedagógico. A nosotros, no obstante, jamás nos preguntaban qué motivación interna e irresistible nos forzó a abandonar el colegio aquella tarde de primavera en que hubiera sido un pecado estar recluido en un aula de clase.

Eran tiempos mejores para los padres. Ni eran esclavos de los caprichos infantiles, ni se les acusaba de maltrato por responder con un bofetón a la grosería. Ninguno deshojaba la margarita preguntándose si lo estaba haciendo bien o mal o si estaba causando un trauma irreversible en los hijos. Simplemente lo hacían. Y nosotros, que tampoco éramos tontos, percibíamos en su firmeza un asidero al que aferrarse en momentos de crisis, porque utilizaban a su vez otro material didáctico que consistía en inocularnos en vena el sentido del bien y del mal, es decir, la conciencia.

En las últimas semanas, dos casos de violación a niñas de trece años por varios compañeros un poco mayores que ellas, han hecho sonar todas las alarmas en España. No es que la violación sea un delito nuevo ni que entre la gente de nuestra generación falten pervertidos. Lo alarmante es que en sus declaraciones, una vez que fueron detenidos, los violadores “no parecían ser conscientes de la gravedad de los hechos”, según fuentes judiciales. Ninguno de ellos, además, procede de ámbitos familiares conflictivos o desestructurados. Es probable que algún material didáctico haya faltado.

Que los útiles y métodos sean sobrios en exceso o el último grito de la tecnología es una mera circunstancia, pero cuando los padres renuncian a su papel de educadores morales, los hijos se pierden la apasionante experiencia del autodominio y de esas dudas que corroen el alma cuando se pone en práctica el don de la libertad.


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