Falaces son los argumentos que la actual dirigencia del Molirena esgrime para justificar la desaparición del partido a través de su absorción por Cambio Democrático. Lo único cierto que de ellos surge es que nadie les cree. Y ello es así porque la famosa fusión es un error sin beneficio alguno. Por lo pronto, es evidente que en nada ayuda al Molirena ni a sus miles de miembros.
Surgido en el fragor de la lucha contra la dictadura militar, ha sobrevivido peligros y rigores muy superiores a los que el difícil entorno político de hoy puede plantearle. El Molirena ha gobernado con acierto. En especial, ostenta con orgullo el haber aportado extraordinarios vicepresidentes, ministros, contralores, magistrados, diplomáticos y una poderosa bancada legislativa al gobierno de reestructuración nacional que representó la administración de Guillermo Endara. También ha sido oposición política, franca y viril, cuando las circunstancias así lo han exigido.
Repetidamente ha constituido un valiosísimo vehículo para miles de panameños que, sin estar inscritos en partido político alguno, prefieren la papeleta del gallo colorado a la hora de ejercer su voto. Mantiene cuadros dirigentes a lo largo de todo el país y aportó un número significativo de votos en las pasadas elecciones. Así pues, ¿qué puede ofrecer a los molirenas la absorción y subsecuente desaparición de su partido? ¿Quién puede creer que dos terceras partes de sus convencionales, a contrapelo de sus mejores intereses y con olvido de su pasado, pueden en conciencia votar por la fusión?
El desacierto que supone la desaparición del Molirena no ayuda ni a quienes la defienden. ¿Qué fuerza política puede representar para los gestores de la fusión el aportar al principal partido de la alianza de Gobierno –grande y poderoso en estos momentos– los restos de una membresía Molirena vejada y ofendida? De igual forma, todo indica que, librado a sus propias fuerzas, el Molirena en las próximas elecciones sería parte entusiasta de la alianza de gobierno, pues participar con candidato propio o en alianza con partidos distintos es, francamente, muy improbable. Un Molirena con existencia propia sería un aliado infinitamente más valioso.
Conocedores de lo impopular que la fusión es dentro de las filas del Molirena y de la comunidad en general, quienes la propugnan pretenden, a rompe y rasga, imponer la votación nominal el día de la convención, con el propósito vil de coaccionar a los copartidiarios sobre los que recaerá la decisión. Con ello no lograrán más que viciar la convención de manera irrefragable, en virtud de que existen normas claras dictadas por el Tribunal Electoral que proscriben las votaciones nominales en estos casos y obligan a los partidos políticos a realizar votaciones secretas.
No es posible aceptar que, habida cuenta de sus orígenes, de las personas que lo fundaron, de quienes hoy lo conforman y de los aportes que ha hecho a la vida democrática del país, al Molirena no le corresponde mejor destino político que firmar su propia sentencia de muerte.
