En los fallos de la Academia sueca que concede el Premio Nobel sorprende cada año que se trate a cada escritor galardonado como la voz más representativa de una causadeterminada.
Por eso a veces no se habla tanto de literatura como de los conflictos que el mundo está padeciendo. Si el Nobel fue a parar a manos de Herta Müller, por citar la anterior premiada, lo que la Academia apuntaba era su sensibilidad por el dolor de esas minorías que padecieron tormentos por los cambios de fronteras tan comunes en el siglo XX. Si el premio fue para Elfriede Jelinek o Doris Lessing, el guiño parecía dirigido a las feministas, y si se lo dieron a Harold Pinter se sospechó que algún peso tuvo su oposición a la guerra de Irak. Cuando fue Pamuk, se interpretó que les tocaba a los turcos y cuando recayó en Le Clezio importaba que fuera un francés preocupado por los excluidos de la civilización.
Los escritores premiados suelen ser tan buenos que están por encima de las causas por las que reciben el galardón, pero seguramente parte del éxito del Nobel reside en que esas causas suelen ser muy populares y no tanto los escritores.
Los valores que ha defendido la Academia sueca han tenido casi siempre un sesgo progresista: las luchas de las minorías, la valentía de quienes se enfrentan al poder, el coraje de los que construyen sus obras en ambientes adversos. Seguramente por eso, la Academia sueca nunca concedió el Nobel a dos de los mayores narradores latinoamericanos del siglo XX: Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.
El primero solo escribió dos pequeños libros, y poca cosa más, con lo que podía transmitir poca heroicidad. Y al segundo se le atribuyeron simpatías con la dictadura militar de Videla, y fue ninguneado. Mario Vargas Llosa, que nunca ha escondido sus ideas liberales y sus críticas a las mitomanías izquierdistas, parecía condenado a no recibir nunca el prestigioso galardón.
El escritor hispanoperuano fue, por eso, el primer sorprendido de ganar el Nobel. La Academia ha puesto esta vez por delante la grandeza de su literatura a las causas que tanto aprecia, aunque en el fallo sostenga que se lo concede “por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual”.