Las calles de Irán han sido silenciadas, pero una lucha de poder se afila tras bambalinas, enfocándose en esta ocasión en la propia naturaleza del mismo Estado. Es una batalla que trasciende el conflicto inmediato respecto a las elecciones presidenciales; empezó hace 30 años cuando la Revolución Islámica estableció una nueva forma de gobierno, que intentaba mezclar la teocracia con cierta dosis de democracia.
Desde el principio, ambas han rivalizado por el control y, actualmente, ambas se han manchado. En el Irán postelectoral, existe un creciente malestar entre buena parte de la élite política y clerical de la nación, porque el propio sistema de gobernación del que emana su poder y privilegios ha sido despojado de su legitimidad religiosa y electoral, creando una dictadura virtual aplicada por un aparato de seguridad envalentonado, afirman analistas. Entre los aliados del presidente iraní se encuentran aquellos que cuestionan si la nación necesita del todo instituciones electas.
Lo más revelador y, presumiblemente, lo más concluyente es que muchos dirigentes religiosos influyentes no han hablado a favor del acosado presidente, Mahmoud Ahmadineyad, ni del líder supremo, ayatolá Ali Jamenei. Por tanto, aun entre los que tradicionalmente han respaldado al Gobierno, muchos han permanecido callados e, incluso, han vociferado críticas débiles, aunque inconfundibles.
Según los informes de noticias iraníes, únicamente dos de los clérigos más importantes han felicitado a Ahmadineyad por su reelección, lo que constituye una censura pública en un Estado basado en la religión. Un dirigente religioso de tendencia conservadora de la ciudad santa de Qum, ayatolá Ibrahim Amini, se refirió a los manifestantes como “personas” en lugar de sediciosos; mientras que el gran ayatolá Nasser Makarem-Shirazi, un clérigo de línea dura, llamó a una reconciliación nacional.
Algunos de los gran ayatolás más influyentes de Irán, clérigos de la cúpula de la jerarquía de la fe chiita que han llegado a ser identificados con los reformistas, han condenado los resultados como fraudulentos y han caracterizado de brutal el manejo gubernamental de las protestas. Este sábado, una influyente asociación clerical basada en Qum dijo que el Gobierno era ilegítimo.
Sin embargo, Jamenei y Ahmadineyad y sus aliados siguen monopolizando las palancas más poderosas del Estado. Controlan la policía, las cortes y la oficina del fiscal; controlan el Ejército y las fuerzas de milicia y conservan la lealtad de un grupo central de poderosos clérigos y sus seguidores conservadores, por ejemplo, un clérigo de línea dura que dirige el seminario Qum, ayatolá Morteza Moghtadai, dijo el pasado martes que “el caso está cerrado”'.