Cuando asumió la presidencia el año pasado, el presidente Barack Obama le dijo a sus asesores de política exterior que tenía que manejar dos paquetes de temas. El primero sería el de los temas heredados de su predecesor, como Irak, Afganistán y la imagen de Estados Unidos en el mundo. El segundo sería el de su propia agenda para el futuro.
Después de 15 meses abordando las irritantes cuestiones que heredó, Obama está promoviendo decisivamente su propia visión de política exterior y definiéndose más claramente sobre el escenario mundial. La conferencia de 47 naciones sobre seguridad nuclear que concluyó este martes representó una oportunidad de afirmar un liderazgo proactivo, en vez de meramente demostrar que él no es George W. Bush.
“Ahora, está empezando a regresar a la agenda que vino a llevar a cabo en la presidencia”, comentó Nancy Soderberg, ex diplomática y ahora presidenta del The Connect U.S. Fund, grupo sin fines de lucro que promueve el compromiso internacional. Su legado en política exterior probablemente sea el del cuidado de salud. Sin embargo, su legado en política exterior probablemente sea su agenda de no-proliferación.
La reunión cumbre sobre energía nuclear llegó tras semanas de un enfoque más asertivo hacia asuntos internacionales, a medida que Obama busca demostrar fuerza en vista de las suposiciones en el exterior con respecto a que pudiera ser débil. El Presidente se negó a ceder a las exigencias rusas para imponer límites a los misiles defensivos y extrajo un tratado sobre control de armas que, si bien es modesto, sienta las bases para mejores relaciones. Pasó por roces de alto nivel con los dirigentes de Israel y Afganistán. Y ahora, enfrenta una prueba crucial con respecto a si puede o no formar una coalición para imponer nuevas sanciones en contra de Irán.
En días recientes, Obama ha dado marcha atrás respecto de su choque con el presidente afgano, Hamid Karzai. Sin embargo, durante su rueda de prensa para la clausura de la reunión nuclear de este martes, al parecer indicó una renovada determinación a reinsertarse en el altercado israelí-palestino.
Al describir el añejo conflicto como una amenaza para la seguridad estadounidense, Obama adoptó efectivamente el argumento del general David Petraeus, su comandante en Oriente Medio, quien advirtió en fecha reciente que las complicaciones de la región daban origen a un peligroso ambiente para tropas estadounidenses destacadas en el cercano Irak y otras partes del área.
“Uno de los intereses vitales de la seguridad nacional de Estados Unidos gira en torno a reducir estos conflictos porque, nos guste o no, seguimos siendo una dominante superpotencia militar”, dijo. “Y cuando estallan conflictos, de una forma u otra, somos atraídos a ellos. Y eso termina teniendo costos considerables para nosotros en términos tanto de sangre como de recursos económicos”.
Para la mayoría de los nuevos presidentes, la política exterior es una experiencia de aprendizaje, y puede requerir de meses, si no es que años, sentirse cómodos en el papel de líder mundial. Algunos asesores dijeron que Obama, al igual que sus predecesores, ha adquirido mayor confianza con el tiempo para manejar relaciones internacionales. Sin embargo, ha aprendido duras lecciones a lo largo de la marcha con respecto a los límites de sus poderes de persuasión.
El presidente estadounidense acaba de reconocer que subestimó, por ejemplo, el grado de dificultad involucrado en unir a israelíes y palestinos, y su acercamiento con Irán no produjo mayor cooperación que el enfoque de Bush.
Si existe una doctrina Obama en surgimiento, es de mucha mayor realpolitik que la de su predecesor, centrada en relaciones con las tradicionales grandes potencias y relegando temas como los derechos humanos y democracia a inquietudes de importancia secundaria. Él ha generado mucha más buena voluntad alrededor del mundo tras años de tensión con Bush, e incluso así todo parece indicar que no ha logrado formar firmes amistades personales con muchos dirigentes mundiales.