[EVALUACIÓN DE GOBIERNO]

Obama en la encrucijada

Nadie puede acusar al Presidente estadounidense de haber creado el desbarajuste que vive el país, pero la responsabilidad para enmendar el rumbo es enteramente suya.

El hecho escueto y real es que la popularidad del presidente Barack Obama va en descenso. En abril, según reporta el Pew Research Center, el 62% de los estadounidenses entrevistados aprobaba la gestión del Presidente; en agosto el índice de aprobación bajó a 52%. Peor aún, el índice de desaprobación en abril era del 26%, hoy es del 37%.

La caída de su popularidad ha sido mayor entre las mujeres y los hombres de raza blanca afiliados a los dos partidos principales y entre los independientes. Grupos que fueron clave en su elección a la Presidencia y que serán cruciales en las elecciones legislativas de 2010.

Hay quienes dicen que el desencanto con el trabajo del Presidente se debe al trabajo sucio que han hecho los republicanos desvirtuando su iniciativa de reforma al sistema de cuidado de salud. Reviviendo gastados fantasmas de la época de la guerra fría, sus desvergonzados opositores le acusan de querer implantar el socialismo en Estados Unidos y han mentido asegurando que la reforma de salud forzaría a los ancianos a considerar la eutanasia y promovería el aborto entre las jóvenes.

Pero aún, admitiendo que la evidencia de la deshonestidad de los ataques es abrumadora, esgrimirla como explicación para la caída de la popularidad del Presidente me parece una exageración inaceptable.

Entre los descontentos con Obama hay personas que están legítimamente preocupadas con el costo de la reforma de salud y sus consecuencias en su patrimonio. Hasta ahora, Obama ha dicho que para ofrecerles seguro de salud a 46 millones de personas que no lo tienen bastaría con reducir los costos actuales e imponer un impuesto a los más ricos. Esto es algo imposible de creer. Las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses sigue teniendo una buena opinión de Obama como persona, lo que no está claro todavía es si el descontento se debe a que los ciudadanos piensan que algunos programas que el Presidente ha ordenado, como por ejemplo el del estímulo económico, no han traído los resultados esperados y lo constatan señalando que no ha logrado reducir el desempleo. Quizá la molestia sea por los errores cometidos, por ejemplo, sus desafortunadas declaraciones contra un policía blanco confrontado por un arrogante profesor de raza negra o por su formación profesional que lo coloca a la izquierda del espectro político nacional.

Si bien es evidente que nadie que esté en pleno uso de sus facultades mentales podría acusar a Obama de haber creado el desbarajuste que vive el país en los siete meses que lleva en el puesto, también es obvio que hoy a los ojos de los votantes la responsabilidad para enmendar el rumbo es enteramente suya.

El reclamo de la gente, desde mi perspectiva, es que la mayoría espera que Obama finalmente ejerza el inmenso poder real que tiene y que asuma su liderazgo expresando con claridad qué es lo que propone para resolver los temas que afligen a la mayoría de la gente.

Esta semana, cuando le hable a la nación, lo deseable sería que el Presidente entienda que, a estas alturas, no basta con hacer grandes discursos que levantan el ánimo por unos minutos y nos hacen admirar su elocuencia e inteligencia. Lo que la nación demanda en este momento de crisis es un líder que marque el camino que los ciudadanos deben recorrer y encabece la marcha. Convencer a la ciudadanía de la necesidad de reformar el sistema de salud con su discurso, sería un primer paso necesario para empezar a restablecer su credibilidad. Pero luego viene el paso crucial, negociar con el Congreso la aprobación de la reforma de salud a la mayor brevedad.

Tal y como se presentan las cosas ahora, es evidente que Obama tendrá que ceder en algunos de los puntos más controvertidos de la reforma aunque eso cause el malestar del ala izquierda de su partido y de las organizaciones no gubernamentales. El Presidente debe colocarse al centro del espectro político y optar por la negociación, porque en democracia no hay todo o nada.


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