Solo el hecho de que no haya noticia de una sola bandera estadounidense quemada o un solo retrato del Presidente de Estados Unidos (EU) arrastrado por el suelo, hubiera justificado la última gira europea de Barack Obama. Pero, además de eso, el viaje, aún limitado en cuanto a la consecución de resultados concretos, ha marcado un nuevo estilo y abre una nueva época en el liderazgo internacional de la mayor superpotencia del mundo.
La gira de Obama ha mostrado al mundo una administración estadounidense humilde, capaz de reconocer errores, dispuesta a escuchar y aprender de los demás, y, en última instancia, lista para seguir liderando el mundo pero acorde con las exigencias de este tiempo, en alianza con los amigos, en diálogo con los enemigos y, en la medida de lo posible, en paz y en beneficio de las mayorías.
“Hemos recuperado el prestigio y EU se ha vuelto a comprometer con el mundo. No puedo recordar un Presidente que haya tenido una actuación tan productiva en la escena internacional”, estima David Axelrod, el principal asesor de Obama.
En efecto, el Presidente ha revitalizado la relación preferente con los aliados europeos, ha abierto una prometedora vía de colaboración con Rusia y China, ha conseguido un sólido respaldo a su estrategia en Afganistán, ha propuesto los primeros pasos para una mundo libre de armas nucleares, ha reconstruido los lazos con un socio vital como es Turquía y ha tendido la mano al mundo islámico con la promesa de que EU jamás estará en guerra con ellos. Todo ello, muy importante como presentación de un nuevo y brillante horizonte para la humanidad, ha servido para robustecer la credibilidad de Obama y aumentar su fama –si es que esto es todavía posible– entre los ciudadanos de la mayor parte de los países del mundo. Pero, admitiendo el éxito de imagen, ese esfuerzo puede no servir de mucho si no se ve corroborado por resultados específicos que lo justifique ante la opinión pública estadounidense. Y, en este sentido, el riesgo de este viaje es que Obama haya ofrecido más de lo que ha obtenido.
En la cumbre del G-20, todo su trabajo para conseguir un acuerdo solo se vio relativamente compensado en el terreno que EU más apostaba, el de las acciones de estímulo económico por parte de los gobiernos. En Estrasburgo, las bonitas palabras de reconciliación de los líderes europeos se tradujeron en modestas aportaciones de tropas a largo plazo en Afganistán. Y su oferta al mundo islámico está, evidentemente, pendiente de obtener respuesta.
Algunos resultados hay, por supuesto. La creación de una nueva arquitectura del sistema financiero mundial, así como la inyección de más de un billón de dólares a través del FMI y el compromiso de que los planes de estímulo de las principales economías sumarán 5 billones de dólares al final del año próximo, son acuerdos que satisfacen los objetivos de EU en el G-20. Los 5 mil soldados de refuerzo en Afganistán o el inicio de las negociaciones de desarme con Rusia se pueden mencionar también entre los logros de la gira.
Pero, ciertamente, el mayor valor del viaje es lo que representa como inversión para una nueva relación entre EU y el mundo. El mejor ejemplo es el de la propuesta de desnuclearización. “La semilla está plantada”, en palabras de Axelrod.