[CONFLICTO]

Mientras Obama habla de paz, iraquíes están en incertidumbre

En el discurso, Obama se refirió al plazo del 31 de agosto para que las fuerzas armadas reduzcan el número de efectivos a 50 mil como el cierre de un capítulo.

La mañana posterior a que el presidente Obama hablara de “llevar la guerra en Irak a un final responsable”, insurgentes allá plantaron su bandera negra este martes en un retén sobre el cual pasaron luego de haber matado a los cinco agentes de policía que lo operaban. Fue la segunda vez en una semana. El resto del día, el registro de la policía se veía así: Tres proyectiles de mortero habían caído en barrios de Bagdad, donde cinco bombas en caminos fueron detonadas y se hizo estallar dos automóviles. Otros dos proyectiles de mortero cayeron en la Zona Verde y uno de los objetivos de insurgentes que parecen determinados a probar que nunca fueron derrotados.

Al atardecer, un coche bomba estalló y el estruendo resonó a lo largo de Kut, poblado oriental que había evitado el conflicto por largo tiempo. “Nada inusual”, dijo Murtadha Mohammed, panadero de 20 años de edad, mientras paleaba rollos en bolsas a pocos pasos de donde estalló una de las bombas.

La palabra “desconexión” nunca captura del todo la brecha de percepciones entre dos países cuyo destino sigue entrelazado a regañadientes, sin consideración a cuán cansado parezca cada uno del otro. Movimientos han llegado y pasado, gobiernos de transición, declaraciones de soberanía, la firma de acuerdos. El anuncio que hizo Obama este lunes fue otro.

También este martes, Qahtan Sweid lo recibió con el cinismo que tiñe prácticamente cualquier pronunciamiento que Estados Unidos haga aquí, en sí un legado más bien intangible, de siete años de invasión, ocupación, guerra y, ahora, algo que resulta más difícil precisar. “Los estadounidenses no se están yendo”, insistió Sweid, sin importar qué haya prometido Obama. “Ni en un millón de años se marcharán. Incluso, si el mundo fuera puesto de cabeza, ellos seguirían sin retirarse”.

Desde los primeros días luego de la caída de Bagdad el 9 de abril de 2003, Estados Unidos e Irak al parecer estaban divididos por más que el idioma; nunca compartieron el mismo vocabulario. Quizá nunca pudieron, definidos como ocupante y ocupado, donde las promesas de ayuda y asistencia a menudo tuvieron un tono de condescendencia. Pero, en últimas fechas, al parecer ellos ni siquiera intentan escucharse mutuamente; demasiado cansados de oír al otro, demasiado castigados por la experiencia para extender el beneficio de la duda.

En un discurso, Obama declaró este lunes que la violencia había seguido estando en sus niveles más bajos en años. De hecho, Irak es un país más seguro de lo que era entre 2006 y 2007, cuando las matanzas amenazaban con desgarrar hasta el último hilo de su traumatizada sociedad. Sin embargo, la seguridad aquí es un absoluto; la gente se siente segura o no.

El precio cobrado este martes, 26 muertos en 8 atentados, no fue espectacular para Irak, donde cientos de personas siguen muriendo cada mes. Sin embargo, llegó entre temores de que los insurgentes se estén reagrupando en Bagdad, Diyala, Faluya y otras ciudades, impacientes por capitalizar la perspectiva de la salida de tropas estadounidenses y la disfunción de una clase política que aún no se pone de acuerdo con respecto a un Gobierno iraquí, casi cinco meses después de las elecciones.

“A dondequiera que vayan los estadounidenses, la situación va a seguir como estaba antes”, dijo Abdel-Karim Abdel-Jabbar, de 51 años, residente del barrio suní de Adhamiya, donde grupos insurgentes echaron por tierra otro retén la semana pasada, quemando los cuerpos de sus víctimas y plantando una bandera negra. En su discurso, Obama se refirió al plazo del 31 de agosto para que las fuerzas armadas reduzcan el número de efectivos a 50 mil como el cierre de un capítulo. Para un público estadounidense, eso pudiera tener esa resonancia. En menor medida para los iraquíes. A diferencia del año pasado, oficiales iraquíes, empantanados en discusiones a menudo más personales que políticas, no están celebrando con bombo y platillo el retiro como una afirmación de una autoridad iraquí.

“No sé con exactitud cuándo debe llevarse a cabo el retiro”, dijo Abdel-Hamid Majid, ingeniero de 52 años de edad. Saud al-Saadi, elocuente e informado profesor en ciudad Sadr, estaba al tanto. Sin embargo, ya había oído ese tipo de pronunciamientos en el pasado, declaraciones de puntos decisivos en la experiencia de EU aquí que parecían ceñirse a la lógica de la política estadounidense. Se declaró el final de la ocupación estadounidense antes de las elecciones presidenciales de 2004.

Ambos países firmaron acuerdos estratégicos varias semanas antes de que terminara la administración Bush. “Pero hasta ahora no hemos comprendido nuestra soberanía”, dijo al-Saadi. “Aún hay tropas estadounidenses aquí, siguen allanando casas, no tenemos un gobierno que tome sus propias decisiones y el embajador estadounidense sigue interfiriendo”. Al-Saadi no estaba enojado ni desencantado.

Y en su clara evaluación, había un toque de terreno en común entre un profesor y un presidente. Obama no hizo alarde de la democracia o de una victoria. No hubo referencias a una misión cumplida. En una sobria evaluación, reconoció que habría más sacrificio estadounidense aquí. Al-Saadi no fue menos modesto. Los intereses, dijo. “Y Estados Unidos -agregó- intentaría asegurar los propios. Estados Unidos no es una organización de caridad”.

“No es un grupo humanitario. Hay palabras y está la realidad, y las acciones no siempre coinciden con esas palabras”.


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