Lo bueno que tienen los clásicos es que se modernizan con el tiempo, y lo mismo sirven para enmendar un roto que un descosido. Si hubiera que explicar en términos actuales el mito de la caverna de Platón, diríamos que los prisioneros que viven en ella perciben de forma distorsionada la realidad porque les falta información.
Es cierto que el filósofo expone una teoría bastante más trascendente: ni más ni menos que el precario conocimiento de las cosas que nos proporcionan los sentidos, porque los prisioneros, encadenados de espaldas a la entrada de la cueva, creen que los reflejos que ven en las paredes son la fiel imagen de lo que sucede en el exterior. Así, si perciben la sombra de un cántaro y al mismo tiempo oyen la voz de la mujer que lo lleva sobre la cabeza, deducen que es el cántaro el que habla.
Cuando escucho un comentario prejuiciado, me gustaría tener a mano la respuesta con el tono justo que lo rebata, pero mientras elijo las palabras para no herir al que hiere, éste, creyendo que el que calla otorga, se explaya en su teoría. Por fortuna el pensamiento surge antes que las palabras, y en una de esas se me ocurrió que los prejuicios son también reflejos distorsionados de una realidad de la que los prisioneros no tienen toda la información.
El xenófobo, sin ir más lejos, no sabe que en cuanto ponga un pie fuera de las fronteras de su país, y hay países muy pequeños, se convertirá en extranjero, justo lo que tanto odia, y el machista desconoce que el feminismo es una doctrina social y no el antónimo demachismo. Pero como los encadenados están en la caverna desde niños y no conocen otra realidad que el contorno de las sombras, deben de estar tan contentos. Platón no nos cuenta el grado de molestia que les ocasionan las ataduras, y a la última ni siquiera son conscientes de que están prisioneros.
Y prisioneros de sus errores y prejuicios han estado los gobiernos de Cuba y Estados Unidos durante décadas, parapetados en sus respectivas cavernas, erre que erre y cada uno en sus 13, con las consecuencias que este desaguisado ha tenido en toda América Latina. Hasta que llega Obama y desmantela de un soplo el entramado. Goza de una información privilegiada que estaba a la vista y a la que casi todos daban la espalda: los beneficios del cambio de política, y en la cumbre de Puerto España, tiende la mano a Cuba, la ausente, que no tarda en dar muestras de que quiere avenirse al diálogo.
Y es que lo que Platón sí nos cuenta es que uno de los prisioneros se libera y que, en un proceso muy doloroso, su mirada se acostumbra a la luz. Entonces no solo ve las cosas como son, sino que se atreve a mirar al sol y siente que el mundo en el que ha vivido antes es desdeñable. Provisto de su reciente experiencia, recuerda a sus compañeros de cautiverio y desea sacarlos de su entorno de sombras.
En la recreación moderna del mito, pienso yo que, para convencerlos, les diría que allá afuera hay un mundo diverso hasta el infinito donde la verdad absoluta no existe y en el que todos tenemos cabida, y que eso sí, para gozarlo hay que librarse de las cadenas y arriesgarse. Pero el prisionero liberado no regresa a la caverna. Platón no olvida que la ignorancia suele ser ingrata, y que su maestro, Sócrates, fue condenado a muerte porque incitaba a sus conciudadanos a preguntarse el porqué de las cosas.
Obama, el nuevo liberado, no solo se ha atrevido a mirar de cara al sol sino que entra en la cueva de los errores y pretende conducir a su país y si es posible al mundo por un camino más llano y luminoso.
A estas alturas, cuesta crear ídolos y tejer sueños, pero sería insensato negar que, cuanto menos, Barack Obama nos tiene perplejos.