[CRISIS ECONÓMICA EN ESPAÑA]

Otoño caliente

Los políticos también han estado de vacaciones, pero ¡ay! han vuelto. Con el nuevo curso político, no nos queda otro remedio que volver a la realidad. Y la realidad no es muy esperanzadora.

El culto a las vacaciones veraniegas sumerge a España en una tregua que ni los malos tiempos ha erradicado. Todo sigue funcionando en apariencia, pero las actividades se ralentizan: algunos comercios cierran durante un mes entero o acortan su horario de atención, y las oficinas públicas se permiten alguna demora por vacaciones del personal. Es un hecho consumado y a nadie se le ocurre cuestionarlo. Mientras, las ciudades se llenan de turistas y ven partir a sus habitantes, que hace un par de años viajaban a destinos exóticos y ahora se limitan a los cercanos. Cualquier cosa menos renunciar a ese periodo de asueto con el que sueñan los españoles, hedonistas hasta la médula, durante los fríos meses invernales.

El verano llega ahora a su fin. Los días son más cortos y el calor va remitiendo, pero lo que anuncia en verdad el otoño en este principio de septiembre, es que las instituciones y los negocios han retomado su actividad cotidiana. Los políticos también han estado de vacaciones, pero ¡ay! han vuelto. Con el nuevo curso político, no nos queda otro remedio que volver a la realidad. Y la realidad no es muy esperanzadora.

Cuando regresé a España en el año 2006, el alto nivel de vida de mis paisanos hacía gala de un franco derroche. Nada que ver con aquella sociedad ahorrativa y cautelosa que dejé en los 70 y que sentía aún en la nuca el aliento de la escasez de la posguerra.

Tres años más tarde, el derrumbe del sector inmobiliario, el desempleo, que roza los cuatro millones de desocupados, y las deudas los han obligado a reducir el consumo con sus lógicas consecuencias para la empresa privada. El gobierno, debilitado por la crisis y acusando el déficit en las arcas del Estado, procura, no obstante, mantener las ayudas sociales y activar otros paliativos transitorios que alivien la situación. Algo se ha conseguido con el empuje al sector automovilístico, las obras municipales generadoras de trabajo o el incremento de subsidios al desempleo, pero en términos generales, su política parece ir dando bandazos, capeando el temporal. La oposición, por su parte, inicia el curso político en el mismo punto en el que dejó el anterior: teorías conspirativas y bronca diaria. Es evidente que prefiere que España se hunda si con ella se hunde Zapatero.

Una de las dos noticias más importantes de este fin de verano tiene que ver con los informes del Banco Central Europeo y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que prevén un crecimiento lento para el próximo año en la zona euro, crecimiento, sin embargo, que será bastante más tardío en España. Las causas son las ya mencionadas: baja productividad y desempleo. La oposición lo celebra.

No obstante, el Instituto de Crédito Oficial anunció que mejora la confianza del consumidor. Por confianza que no quede. El español, además de hedonista, es testarudo, y no va a ser una crisis más la que le haga perder la esperanza, que de peores hemos salido.

La otra noticia es que los sindicatos (las poderosas Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras) y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, es decir, los representantes de los obreros y de la patronal, han retomado, a instancias del gobierno, un diálogo que quedó suspendido meses atrás en vista de los encontronazos que surgieron entre las partes.

El Ejecutivo pretende que los agentes sociales trabajen en la nueva Ley de Economía Sostenible, con la que se quiere impulsar un nuevo modelo productivo para la economía española y cuyo debate se había empantanado a causa de las posturas opuestas sobre las subidas salariales. Los sindicatos pretenden un 2% de aumento, mientras la patronal aspira a que los sueldos bajen un 1%.

Pero esta no es la única piedra en el camino. En realidad, el concepto de reforma es diametralmente opuesto para ambos sectores. Para los obreros significaría el desbloqueo de los convenios colectivos, aumento de contratos permanentes y disminución de los temporales. Para los empresarios, la reforma pasaría por la aceptación de más contratos precarios y más flexibilidad en el despido.

Nos espera un otoño caliente.


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