[CARTAS DESDE EUROPA]

Penurias a bordo

La primera crisis económica por el alza de los precios del petróleo fue acometida por las compañías aéreas mediante la estrategia de ir convirtiendo el vuelo en más incómodo

Dicen que es cosa de la crisis, pero a mí me parece más bien un signo de los tiempos que corren. Las compañías de aviación de bajo coste, que no sé por qué razón se conocen aquí bajo su nombre inglés, low cost, cuando se dispone de la traducción inmediata y exacta, han superado ya en número de pasajeros a las tradicionales.

Se trata del triunfo de la incomodidad, el agobio y la masificación, del horror del turismo de medio pelo en nombre de un ahorro que vaya usted a saber dónde queda porque, al fin y al cabo, el precio del avión se ha convertido en una parte muy menor del coste completo del viaje. Resulta ridículo escatimar en el vuelo si luego el transporte desde el aeropuerto a la ciudad supone otro tanto, o más incluso. Pero en esas estamos, en que una mayoría de pasajeros está de acuerdo en pagar menos —la mitad, pongamos, a cambio de muchas incomodidades, en suma.

En realidad el mal estaba hecho ya de antemano. La primera crisis económica en el pasado inmediato, la que supuso la necesidad de ajustar los costes porque el petróleo se había puesto por las nubes, fue acometida por las compañías aéreas mediante la estrategia de ir convirtiendo el vuelo en más incómodo. Se terminó eso de dar bebidas gratuitas y repartir periódicos, se eliminaron escalas y se redujeron horarios. Las compañías de bajo coste reaccionaron bajando aún más los precios pero a costa de comenzar a cobrar cosas que forman parte imprescindible del viaje, como es el facturar las maletas. Las tradicionales entraron en la guerra acortando el espacio entre fila y fila hasta lograr que el pasajero encaje apenas, con las rodillas hincadas en el asiento que queda delante. Si el pasajero que va en éste resulta tener tan poca educación como para reclinarlo hacia atrás, entonces el espacio disponible se vuelve virtual, propio de trucos de magia como los que hacen entrar una persona en una caja minúscula.

Cuando eso sucede, encima, en un vuelo trasatlántico, el trayecto se convierte en pesadilla. Una pesadilla bien cara si, encima, lleva uno por la razón que sea exceso de equipaje. Sólo viajé una vez a un país americano en una compañía de bajo coste por fortuna ya desaparecida, Air Madrid, y la sensación que cundió a lo largo de las 16 horas de retraso añadidas a las muchas de vuelo fue la de una especie de evacuación en condiciones de guerra, cuando das las gracias por poder escapar como sea de allí donde estás.

A esas vamos. Cuando el bajo coste sea la norma, cualquiera sabe qué harán las compañías de siempre para sobrevivir. Hay que temerse lo peor porque cuando uno cree que se ha tocado fondo, que no puede llegar nada peor, una nueva miseria aparece de inmediato. No sé qué sucedió con el proyecto aquel de llevar a los pasajeros de pie, pero un equivalente similar ronda con toda seguridad por los despachos. Es la guerra, que dirían los Marx, la guerra contra los viajes razonables.


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