“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”.
Este comienzo –junto con el del Quijote, Cien años de soledad, Pedro Páramo, Rayuela y pocos más— es uno de los más famosos de la literatura en español. Corresponde a Platero y yo, la obra maestra de Juan Ramón Jiménez dedicada a Aguedilla, una loca popular de su pueblo de Moguer.
No he podido menos que recordar a ‘Platero’ al leer noticias según las cuales el burro español está en vía de extinción. Quedan unos cuantos miles, pero en otro tiempo eran millones. Y es porque la labor que ejecutaba el burro ahora la hace el campero o el tractor. Hasta el carro y la motocicleta se las ingeniaron para desplazar al tradicional jumento ibérico.
Platero no se trata de un libro solo para niños, ya que recuerda las épocas infantiles del autor. Un capítulo titulado “El loco”, por ejemplo, empieza así: “Vestido de luto, con mi barba nazarena y mi breve sombrero negro, debo cobrar un extraño aspecto cabalgando en la blandura gris de Platero”.
Juan Ramón fue escuálido jinete de ‘Platero’ cuando ambos eran jóvenes, pero no niños. El burro sirvió al poeta como humilde medio de transporte entre 1906 y 1907, en tiempos en que Jiménez solía visitar la casa campestre de una prima suya en las afueras de Moguer, y se trasladaba hasta allí a lomo de burro. El futuro Premio Nobel tenía 25 años.
Digo que debió de ser por entonces, pues Juan Ramón se había marchado a vivir en Madrid en abril de 1900 siendo aún un poeta adolescente. Así lo hizo Juan Ramón, pero al cabo de un lustro optó por volver, neurótico y deprimido, a su pueblo.
En ese momento consiguió a ‘Platero’. Del animal se sabe que quizás no tenía nombre. Ocurre que a los burros de pelaje gris los llaman en Andalucía plateros. Era un nombre genérico, no un apelativo del poeta.
Aunque Juan Ramón se antojaba tan liviano como sus sonetos, el burro se dejó morir, quizá por exceso de peso y poesía, a comienzos de 1907. Tal se deduce porque en el verano de ese año Jiménez escribe las primeras páginas sobre el asno que luego haría célebre. Eran unos capítulos que deberían haberse publicado como una sección del poemario Baladas de primavera, pero que el poeta separó a última hora la edición del libro.
¿Qué pudo haber ocurrido? Quizás el vate vio en la evocación prosaico-poética de su burro un proyecto autónomo más importante que el mero complemento de las baladas. Así siguió trabajando en Platero y yo, y solo lo tuvo casi listo en 1914. Ese año apareció un trozo del libro. Pero el penúltimo capítulo (que lleva el número 137, aunque el libro tiene apenas algo más de 100 páginas) está escrito en Madrid en 1915. Y existe un capítulo más agregado por el poeta un año después en Moguer. Platero y yo le ocupó una década. Apenas publicado, se volvió su libro más popular, y con lo que le produjo por derechos de autor pudo comprarse una casa señorial en cierto barrio madrileño de lujo. Pienso en esto al leer que se extinguen los burros y me pregunto si, como los amigos del poeta en Platero y yo, terminarán los niños españoles jugando en un falso borriquete de madera y paja.
