A Martinelli, algún consejero debe recomendarle que reciba en su despacho a la Rosa Parker panameña.
Lo he escuchado quejándose de que merodea en su círculo mucho manzanillo. Y aduladores, adiciono. Esta mujer puede ofrecerle un retrato acabado del sentimiento popular sobre el sistema de transporte Metro Bus.
Mientras mis corresponsales dijoteros descubren los datos generales de esta compatriota atribulada por la suerte del transporte público, llamémosla Rosa Parker, como la heroína del estado de Alabama, cuya negativa de levantarse dentro del bus de un asiento reservado para personas blancas generó una campaña en defensa de los derechos civiles en Estados Unidos.
Como si a un cocotudo le hubiesen cancelado su visado para viajar a Disney, a Rosa le son destazadas sus ilusiones cuando dos agentes policiales con cara de circunstancias le anuncian que los tres pollitos que acaba de comprar en una sucursal de Melo no podrán embarcarse con ella, en uno de los vehículos de la nueva flota de transporte, consentida oficial.
Rosa de Panamá estalla. Aflora la ira acumulada de frustraciones. Hilvana un discurso a favor del compatriota vulnerable, que supera el millón.
Son tres pollitos que, después, como ella explica, se convertirán en alimento familiar.
La prohibición, advierte, es un “crimen” contra gente humilde que busca distintas alternativas para sortear el costo de la canasta básica.
Compra pollitos, desarróllalos, engórdalos, de Melo a Toledano, y véndelos en filete, cómetelos o vístelos de talismán.
Ella es mujer sencilla, no obstante, protesta con la intensidad del propietario de supermercado al que le fue retenido en plena vía Interamericana, en el puesto de Divisa, un camión cargado de novillas.
Agresión, injusticia, irrespeto, pecado, fastidio y maldad son definiciones que ensaya sobre este incidente que debe ser del conocimiento del señor Martinelli, a quien ella acusa de proponerse “achurrar al pobre” y subsidiar, pagándole el combustible, a la flota que explota la ruta y presta el servicio público, con ordenanzas de admisión.
Tardanza. Buses para ricos. Para turistas. Apedreables. Ubicables en otro sector; no en los glúteos del edificio de la estación del ferrocarril localizado en la Plaza 5 de Mayo.
Una barra espontánea la respalda. La contraorden proviene de esos policías custodios vehiculares para que Rosa, pollos recién nacidos en cartucho, aborde el sustituto del “diablo rojo” número 11 0006 P.
La Rosa de Alabama, una costurera de etnia negra, impulsó el fin de la segregación racial en Estados Unidos y su acción catapultó a la fama al hoy considerado símbolo mundial de defensa de los derechos civiles: Martin Luther King.
Sucedió hace 56 años en la capital de Alabama, Montgomery. Ella durmió una noche en la prisión por su negativa, si bien el repudio que despertó esa decisión, avalada por legislación existente, llevó a King a liderar el boicoteo por 382 días de la empresa de transporte.
El movimiento fue pacífico y King fue víctima de muchas represalias: amenazas contra su vida, destrozos de su vivienda y encarcelamiento.
Los blancos adelante y los negros atrás en el autobús. Esa línea de humillación, sobre todo en el sur estadounidense, fue echada abajo por un fallo del Tribunal Supremo. Rosa tenía 42 años, entonces, y su vida la dedicó a luchar contra la discriminación. A los 92 años, en 2005, falleció. Seis años antes había recibido una de las máximas distinciones: la Medalla de Oro del Congreso de EU.
