Parece que el cuerpo se ha acostumbrado y que la inquietud remite aunque las cosas no mejoren. La crisis económica en España –cuatro millones de parados, déficit público, inmigrantes que han vuelto a su tierra y miles de familias que han perdido casas y empresas– ha servido para que el despilfarro de los últimos años frenara en seco.
Ha llegado la hora de recoger velas y renunciar a un nivel de consumo desorbitado y del que ha costado desprenderse. Como si fuera algo que se nos debía, como si fuera natural, como si no fuéramos descendientes de padres y abuelos que pasaron hambre en la posguerra y que hicieron de la sobriedad e incluso de la miseria un modo de vida digna.
Por fortuna no habíamos olvidado los recursos –escritos en el código genético– para luchar contra la desmesura. Aun así, la desesperanza ha sido menor en aquellos que no se dejaron engañar por una bonanza precaria y pusieron sus intereses en la canasta del espíritu.
Porque útil, lo que se dice útil, no es. Siempre que se entienda la utilidad como aquello que reporta un beneficio contante y sonante. Oficio de vagabundo parece contemplar la luna sobre el mar. Y de locos es suponer que la estrella solitaria en el cielo es la estrella a la que volvió el Principito para cuidar de una rosa.
No es práctica esa biblioteca casera que se llena de polvo y humedad ni esas torres frágiles de discos compactos. Se hubiera podido emplear ese dinero para engrosar la siempre escuálida cuenta bancaria o para alguna empresa pequeña y rentable.
Porque útil, lo que se dice útil, no es la cultura, pero si algo tiene de cierto que no solo de pan vive el hombre, es que el afán de saber, rayo que no cesa, es el pan del que se nutre el espíritu que no concibe la vida sin la contemplación estética, sin un rincón donde acurrucarse con un libro y sentirse a salvo de tanta propaganda vacua de objetos innecesarios. Un gozo solo comparable al clímax: la mente se abre, entra en trance, se estremece y alcanza el éxtasis.
Si hoy recordamos a la civilización griega no es por su espíritu comercial, que también debió tenerlo, sino gracias a sus sabios. (¿Sabe alguien sin embargo el nombre de un pensador o un dramaturgo fenicio?) Y su influjo fue tanto, que el mismísimo Horacio reconoce la superioridad del espíritu griego sobre el romano con una frase lapidaria: ‘‘Grecia vencida venció a su vencedor prestándole su arte’’. Los territorios se pierden o se ganan, pero la cultura se trasmite, y es en esa trascendencia donde reposa su gloria.
O tal vez la historia nos ha engañado. Quizá tanto como nos han engañado los promotores de la sociedad de consumo. Porque no es cierto que los griegos le hicieran la guerra a Troya para que Menelao recuperara a Helena, sino porque el reino de Príamo era un importante enclave geográfico y comercial.
Tampoco lo es que los cruzados cristianos fueran a Oriente a propagar la fe de Cristo, sino en busca de la ruta de las especias y la seda, lo mismo que buscaban los conquistadores de América cambiando la ruta.
El comercio, la economía, en el principio de los hechos ahora y siempre. Porque el dinero es bueno. Palia la miseria, permite el avance de las investigaciones científicas, crea puestos de trabajo… y en ocasiones, sirve incluso para invertir en cultura, que útil, lo que se dice útil, no es, porque sus réditos, ni contantes ni sonantes, son de otro tipo, y no es el menor el gozo que proporciona. El error está en creer que es oro todo lo que reluce.