En el calor de la actual campaña política, que se inició con unas adelantadas primarias, se advierte, dentro del discurso de ciertos actores–contendientes, un inusitado interés por los temas que atañen al urbanismo en todos los ámbitos de su accionar, actuaciones, ya sea en el medio urbano o en el medio rural; y ello no va a cambiar, por el contrario se incrementará. Ahora les ha nacido un interés por lo urbano y su contra parte lo rural, al incluir en el menú político que ofrecen, nuevos platos, en los que podemos mencionar: reordenamiento, ordenamiento y descentralización y aparecerán muchos otros de igual tenor.
Resulta que a estas alturas del partido y después de percatarse de la inaguantable situación que ejerce presión sobre la cabeza de todos los ciudadanos, la ausencia de verdaderas acciones que involucren a la población y el espacio físico que ocupa, el territorio, se hace necesario cambiar el discurso político y más aún cuando se ha promulgado un nuevo marco jurídico, la Ley 6 de 1 de febrero de 2006, que trata sobre el Ordenamiento Territorial Urbano, lo que da pie a la inclusión de éste en el discurso de la campaña interna de los partidos políticos y sus precandidatos y de la que se avecina, prontamente, para terminar en la víspera del 3 de mayo de 2009, por los puestos de elección popular.
Hay que reconocerlo, esta situación no es nueva pero tiene vicios de convertirse en novedosa, puesto que, aunque en campañas pasadas, se aborda la temática, la misma fue puntual, tímida, marginal y pasó desapercibida. La explicación la podemos encontrar en la trillada forma de hacer campaña política y el comportamiento de los electores frente a ésta que tampoco ha cambiado; salvo por aquello que llaman el voto de castigo. La fórmula se ha basado en captar los votos sin importar el medio, sustentado en promesas puntuales y lineamientos programáticos e ideológicos pocas veces cumplidos.
Una renovada manera de captar votos de los electores implicaría buscar la solución de los problemas existentes con fundamento en las técnicas de la planificación urbana y rural aunque ello no signifique que quien las utilice, como estrategia, domine el tema o se identifique con él, como lo hace un tecnólogo.
Ya he oído mencionar reordenamiento, pero en términos abstractos. Muchas cosas se pueden reordenar. Pero el tema que nos ocupa, en concreto, es materia del ordenamiento urbano que es algo así como cambiar lo ordenado, actualizar, complementar lo establecido en un plan de ordenamiento sectorial, por ejemplo. Recientemente, la consulta ciudadana es una de las herramientas que aborda a los actores sobre un determinado tema urbanístico que requiera su participación; otra lo es la Junta de Planificación Municipal, cuerpo colegiado que debe velar por el interés colectivo sobre el particular; ser eficaz.
El ordenamiento territorial es como el peso pesado de todos los instrumentos en materia de ocupación y uso del territorio. Está en el nivel superior jerárquico de la pirámide y su ámbito son las actuaciones a nivel nacional o local. Una política de Estado que busca nivelar los desequilibrios generados, principalmente, por los agentes económicos.
La descentralización es el tema–argumento de quienes tienen la representación en los gobiernos locales, sobre todo en los municipios, cuando carecen de un marco jurídico que les dé una autonomía frente a un gobierno central que lo controla todo. Entonces oímos hablar de descentralización municipal. O sea un acto de voluntad política que otorga poder político, económico y competencia a los municipios para que puedan tomar sus propias decisiones y mirar por su propio desarrollo urbanístico. La descentralización involucra también a otros agentes y bienes de servicio como los de salud.
¿Qué éxito tendrán estos temas y los políticos dentro de sus alcances territoriales? Es una interrogante interesante e imponderable en este momento: el mismo dependerá de cuán informados estén los electores y los políticos de la temática, a la postre, futuras autoridades urbanísticas decisorias, que a mi juicio forma parte de una cultura política que aún no se posee, que se inicia, pero que se puede alcanzar con el mayor interés y voluntad de todos.
