Podría ser que una de las razones para explicar la reacción al brote de influenza porcina es que la enfermedad desvió nuestra atención, aunque brevemente, de los devastadores efectos de la crisis financiera mundial, sin mencionar la abundancia de problemas de salud crónicos que amenaza a millones de vidas. O sencillamente está en la naturaleza humana reaccionar exageradamente a las amenazas sobre las cuales tenemos poco control.
“El hecho es que nos encanta sentirnos asustados”, argumentan dos estadísticos británicos, Simon Briscoe y Hugh Aldersey–Williams, en su libro Panicología. “Somos bombardeados por informes gubernamentales y de los medios de comunicación que hablan de peligros reales o potenciales, acrecentados hasta el nivel del pánico por un torrente constante de noticias las 24 horas del día, provenientes de todas partes del mundo”, escribieron los autores.
Destacan en particular el pánico entre 2005 y 2006 debido a la gripe aviar, catalogada como una inminente pandemia humana que borraría a una gran parte de la población de la Tierra. Sin embargo, este virus de influenza, a final de cuentas, ha matado a menos de 300 personas en todo el mundo, mismas que en su mayoría estuvieron en contacto directo con aves infectadas.
Esto difícilmente merece toda la preocupación cuando la temporada ordinaria de influenza cobra más de 30 mil vidas de estadounidenses cada invierno.
En la reacción a la presente alarma por la influenza porcina, millones de vidas han sido alteradas y se han perdido millones de dólares. Se han cerrado escuelas, personas han sido puestas en cuarentena, se han cancelado vacaciones y eventos, al tiempo que las exportaciones y ventas de cerdo han caído estrepitosamente, así como se ha despilfarrado dinero en tapabocas y limpiadores antibacterianos.
La paradoja, notaron los autores, es que la vida moderna había reducido enormemente muchos de los riesgos que la Humanidad debe enfrentar pero, incluso así, todo parece indicar que la vida moderna da origen a la mayoría de nuestros temores: los temores a la guerra química, bacteriológica y nuclear, contaminación, terrorismo, cambio climático y, de manera menos directa, temores asociados con la inmigración, el envejecimiento, la pérdida de diversidad cultural, y muchas cosas aparte de esto.