Las lluvias que dejaron a por lo menos 190 víctimas fatales en Río de Janeiro obligaron a la metrópolis brasileña a encarar una vez más a un viejo problema: la proliferación de las favelas levantadas en cerros, con drenaje precario, acumulación de basura y elevado riesgo de aludes.
El origen de las favelas es un tema controvertido. Una de las hipótesis de los historiadores es que las primeras comunidades de ese tipo fueron creadas en 1870, cuando el Imperio decidió regalar tierras en los cerros a soldados que habían participado en la Guerra de Paraguay.
Otros expertos sostienen que esa medida fue tomada en 1897, para beneficiar a soldados que participaron en la Guerra de Canudos, descrita por Mario Vargas Llosa en su libro La Guerra del Fin del Mundo. Lo cierto es que esas comunidades, que empezaron a instalarse en el siglo XIX, hoy forman parte del paisaje de Río de Janeiro, casi tanto como la estatua del Cristo Redentor y el Pan de Azúcar: hay alrededor de mil en la ciudad construida entre la montaña y el mar.
A lo largo de los años, las favelas crecieron –se estima que albergan hoy 1.4 millón de habitantes– y, abandonadas por el Estado, se convirtieron en refugio para bandas armadas de narcotraficantes y en blanco de periódicos y violentos operativos policiales que han dejado a miles de víctimas inocentes.
En la década de 1960, el gobernador Carlos Lacerda propuso destruir las barriadas ubicadas en zonas nobles de la ciudad y trasladar a sus habitantes a viviendas construidas en la periferia. Esa alternativa fue abandonada a la postre, ante la evidencia de que los nuevos “barrios” quedaban demasiado lejos de los lugares de trabajo, del comercio, de los hospitales y de las escuelas, y no propiciaban alternativas de supervivencia a sus habitantes.
A partir de la década de 1980, los gobernantes optaron por realizar obras de urbanización en esas comunidades y, en los tres lustros, el proyecto denominado “Favela-Barrio”, realizado en 143 de esas comunidades, llegó a ser apuntado por las Naciones Unidas como un ejemplo para el mundo.
La tragedia de las últimas lluvias demostró que el entusiasmo de la ONU fue quizás exagerado. El Morro dos Prazeres, en el bucólico barrio de Santa Teresa, fue una de las comunidades beneficiadas por el proyecto. Allí, los rescatadores retiraron a más de una veintena de cuerpos sepultados por un alud de lodo que destruyó numerosas casas. Expertos consultados por el diario brasileño Folha de Sao Paulo opinaron que las autoridades fracasaron en la tarea de conservar las mejorías realizadas a un costo equivalente a más de medio millón de dólares.
A juicio del urbanista Sergio Magalhaes, no hubo un mantenimiento apropiado de las redes de drenaje de aguas pluviales y tampoco se ha adoptado un sistema regular de retirada de basura, que se acumula y favorece los aludes. “El ‘Favela-Barrio’ generó un aumento del 17% en el número de personas que deberían ser atendidas por la cosecha de basura. Eso representó un aumento de costo, sin que hubiese un incremento correspondiente del presupuesto”, dijo.