En momentos en que Dilma Rousseff parece dirigirse a una victoria en las elecciones presidenciales de Brasil, surgen dudas sobre cómo manejará a sus indisciplinados aliados, que ya compiten por cargos en un nuevo Gobierno.
Según los sondeos Rousseff, del oficialista Partido de los Trabajadores, cuenta con una amplia ventaja de cara a los comicios del 3 de octubre.
Un triunfo arrollador podría otorgarle un mandato sólido y una mayoría parlamentaria más amplia, que le ayudarían a conseguir la aprobación de reformas a los sistemas impositivo y previsional que ha propuesto para volver más competitivo a Brasil.
Pero Rousseff también enfrentará una prueba a su capacidad de liderazgo en la medida en que sus aliados, envalentonados por su ventaja en los sondeos, mudan su enfoque desde las críticas al candidato opositor, José Serra, a asegurar influencias en una nueva coalición de Gobierno.
Además, la candidata oficialista tendrá que sopesar las exigencias de su propio partido, dividido entre izquierdistas que buscan un mayor rol del Estado en la economía y moderados que apoyan las políticas de mercado de presidente Lula da Silva. Rousseff carece de la popularidad y del carisma de Lula, elementos que lo han ayudado a manejar a la coalición integrada por 10 partidos.
“Formar un Gabinete será una gran prueba (para Rousseff), hay mucha gente hambrienta de poder” dijo Ricardo Ribeiro, analista de la consultoría MCM en Sao Paulo.
Rousseff, que con el apoyo de Lula ha logrado sacar una ventaja de 20 puntos o más en los sondeos de opinión, ya enfrenta exigencias de cargos de liderazgo en el Gobierno y en el Congreso de parte del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), principal aliado de la coalición.
El partido quiere aumentar sus cargos en empresas estatales, además de incrementar el número de carteras que tiene en el Gabinete, actualmente seis, dijeron líderes del PMDB. El riesgo es que dicte la agenda de Rousseff e insista en designaciones políticas en vez de técnicas para entidades estatales, como la gigante petrolera Petrobras.
Eso podría minar el objetivo de la ex jefa de Gabinete de mejorar la eficiencia del Gobierno, además de aumentar el riesgo de escándalos de corrupción que le costaron a Lula varios asesores en los últimos ocho años y por momentos amenazaron con paralizar su Gobierno.