ESCULTURA

Santa María Antigua de Odebrecht: Tabo Toral

Existe un humilde caserío llamado Tanela, en el municipio de Unguía, en el Chocó colombiano. Está ubicado a unos pasos de lo que fue Santa María la Antigua, la primera fundación castellana de hace unos 500 años en estas tierras olvidadas por el tiempo, arrasadas por la violencia de antes y de ahora. Donde se entremezclan recuerdos de una política de asesinatos, secuestros y desplazamientos de pobladores originarios; el saqueo sistemático del subsuelo por los guaqueros, la tala de sus bosques, explotación del suelo y de sus aguas para el monocultivo; la cacería de animales para contrabando y venta; el enfrentamiento legendario de las FARC con los paras, las AUC, el ejército regular y, en el medio, los descendientes de los negros esclavos y los nativos originarios del área de la etnia cueva.

Es en este caserío triste donde, en una capilla sin cura y sin feligreses, reposa la imagen de la virgen de Sevilla donada por un obispo de Alemania que la bajó en helicóptero, en 1992. Es la patrona de los secuestrados, y la que utilizaron las fuerzas de Balboa y de Pedrarias, con fanatismo despiadado, en la evangelización de los salvajes del continente; es la que acabó con los moros en la reconquista por los Reyes Católicos, la que se llama Antigua porque va más allá de los orígenes bizantinos, con su niño que juega con un pajarito y con una rosa sin espinas en la otra mano; la que, con la espada y la cruz, se emprende la búsqueda de la riqueza, el oro y los esclavos para las cortes españolas, la patrona de los navegantes a Indias, la Santa María Antigua del Darién.

Y ahora un escultor brasileño, con la donación de la base por Odebrecht y el obsequio generoso del terreno por el gobierno de turno, nos pretende construir una virgen faraónica con un rayo de luz hacia los cielos tropicales, sin ser faro para la navegación y con la complicidad de algunos en nuestra curia, sin ser un ícono de fe e historia comprobada, sin autenticidad, con una actitud sospechosamente política y sin una estética en armonía con Amador, con una idolatría tardía para un siglo lleno de cinismo y necesidades sociales, en el que la megalomanía no conmemora los 500 años del encuentro con estas tierras, mal llamadas Indias.

Mucha razón tenía Martín Lutero cuando publicó (clavó en la puerta de una iglesia) sus 95 tesis en 1517, en la que nos plantea –entre otras cosas– despojar a las Iglesias de sus indulgencias, reliquias e ídolos para acercarnos más a Dios.

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