Abanderado de la literatura nueva. Maestro Sinán. Estableció vasos comunicantes entre su quehacer y el de otros creadores de su tiempo. En Taboga nació hace 109 años. El 25 de abril.
En la Isla de las Flores (“Taboga, eres tú tan bella/que no te puedo olvidar/”, como compuso Ricardo Fábrega). Allí llegó al mundo uno de los panameños más geniales, que marcó el siglo XX de la Patria. Frente a la vivienda del pequeño Bernardo fue colocada hace unos años la placa conmemorativa. Crucemos los dedos para que el reventón de la historia nacional no se asome a aquel paraje, y le muestre el rosario predador aplicado al antiguo edificio de la Embajada de EU.
Fue bautizado Bernardo Domínguez Alba, si bien creó su propio apellido del acrónimo Sinaí (cerro tabogano con nombre inspirado en la montaña en la que Moisés recibió de Dios los mandamientos de la ley) y Renán, su escritor favorito. El nombre, Rogelio, replicó el de su padre.
Renovador y activista incansable, dinamizó el quehacer patrio, con sus distintas propuestas: la presentación en el Teatro Nacional de La Cucarachita Mandinga (1937), con música de Gonzalo Brenes Candanedo, fue el acontecimiento cultural de una época, y la salida a la calle (1947) de su primera novela, Plenilunio, galardonada con el Premio Miró, agitó la polémica por su contenido con fuerte carga lúdica y sexual. Se quitó años en los distintos registros, con el argumento de que estaba más conforme si hubiera nacido bajo la república panameña en vez de la colombiana, como sucedió (1902).
Sus primeros estudios fueron en la escuela primaria en Taboga. En la secundaria, primero fue lasallista y después institutor. Andarín, vivió en México, Chile, Italia, China e India. Gabriela Mistral le aconsejó que viajara a Italia y aprendiera italiano para conocer de primera mano a autores clásicos. Recogió en la Italia de finales del decenio de los 20 suficiente información de las corrientes de creación, interactuó con Rossi, Gentile, Venturi y Spirito, y se casó con una concertista romana, con quien llegó a vivir en Panamá por un breve tiempo, pues ella prefirió retornar a Roma.
Profundizó en el conocimiento del dadaísmo, el surrealismo, creacionismo, ultraísmo y el realismo maravilloso.
En el homenaje a Sinán que desarrolló esta semana la Fundación Nuestra Lengua, Ruth, hija del maestro, reveló que su padre siguió comunicándose con la concertista hasta en la ancianidad. Aunque visitó Italia, prefirió no saludarla en persona, pues quería que ella lo recordara con su aspecto juvenil, “sin panza y sin calvicie”.
Demoró 20 años en estructurar La Isla Mágica, de 600 páginas, que resume su obra literaria. En el homenaje, Modesto Tuñón, destacó el aporte de Sinán a la cultura nacional, e Indira Moreno declamó sus poemas.
Ejerció Sinán en su trayectoria el magisterio -Instituto Nacional y Universidad de Panamá- y su escritura es la de un maestro. Leamos a Sinán, alta cifra de la literatura y la cultura panameñas. Artista creador en todos los géneros literarios: poeta (Incendio y Semana Santa en la Niebla), cuentista (A la orilla de las estatuas maduras y Todo un conflicto de sangre), novelista (Plenilunio y La Isla Mágica), dramaturgo (El Nuevo Paraíso Terrenal y la Cucarachita Mandinga), y ensayista (Los valores humanos en la lírica de Maples Arce).
Tanto en la investigación como en la composición, la idiosincrasia panameña fueron su materia prima. Supo escudriñar el alma nacional para volcarla, con nuestra sensibilidad, pesares y orgullos, sin ahorrar amenidad, profundidad y alegría.
