Mientras Sudáfrica recuerda el histórico momento en que Nelson Mandela salió de la cárcel, tras pasar 27 años entre rejas, el 11 de febrero de 1990, existe una sensanción de que la democracia más orgullosa de África está, de nuevo, ante una encrucijada.
En 1990, el Congreso Nacional Africano (CNA) y Mandela se debatían entre usar el poder por la vía dura o emplear una más suave para acabar con el régimen racista del apartheid. La apuesta de Mandela fue la segunda opción. Y consiguió convencer al gobierno de minoría blanca durante los tres años de negociaciones que culminaron con la asunción del poder por parte de la población negra a través de las urnas y sin derramar sangre.
Hoy, Sudáfrica se enfrenta a un amplio abanico de opciones que determinará si el trabajo iniciado en febrero de 1990 se puede concluir o al menos se puede avanzar. El objetivo del CNA, tal como Mandela afirmó el día de su liberación, era doble: emancipar a los sudafricanos negros política y económicamente. Veinte años después, todos los sudafricanos tiene derecho a voto, pero la mayoría sigue marginada por la pobreza en las barriadas cada vez más expandidas de casas de hojalata en las que se les obligó a vivir durante el apartheid.
Una de cada cuatro personas en edad de trabajar (el 24.5%) está desempleado y el 75% de esa cifra tiene menos de 35 años. Entre los menores de 35 años, el 70% nunca tuvo empleo, una mancha en el currículum del CNA, que hasta 2008 vivió una década de fuerte crecimiento, pero que fracasó en la creación de empleo.
Al sistema educativo deplorable, a pesar de que se han hecho grandes inversiones, se le culpaba de generar una fuerza de trabajo poco apta. Pero ese sistema educativo todavía lucha por librarse del impacto de las leyes del apartheid que bajaron el nivel intelectual de los negros y está saturado de profesores poco cualificados y mal pagados.
Entre tanto, la ausencia de trabajo hace que muchos jóvenes se aboquen a la delincuencia. Con 50 personas asesinadas al día, una de las tasas más elevadas del mundo, y otras 50 que sobreviven a los intentos de asesinato, la inseguridad ensombrece la vida diaria y hace que abra una brecha en la clase media, cada vez más mezclada, y una clase baja negra, cada vez más descontenta.
La brecha entre ricos y pobres crece, aun cuando el Gobierno incrementó el gasto social. El año pasado Sudáfrica alcanzó a Brasil en los niveles de sociedad más desigual en términos de ingresos, según mide el coeficiente Gini.
A medida que se desvanece el sentimiento de bienestar de la década de 1990, el deseo popular de gestos históricos de perdón y reconciliación que caracterizó esa época también mengua. Cuando el primer rector negro de la conservadora universidad de Free State anunció el año pasado en su asunción que iba a readmitir al grupo de cuatro estudiantes blancos que habían sido suspendidos por abusar de cuatro trabajadores negros, se le condenó rotundamente. Al parecer, los estudiantes se habían filmado a sí mismos mientras orinaban en la comida de los trabajadores y luego les obligaron a comérsela.
Hace 20 años, el perdón del catedrático Jonathan Jansen, de todos modos precipitado, habría recibido una aprobación reticente por parte de los sudafricanos negros. Sin embargo, ahora las airadas protestas han obligado a Cansen a iniciar consultas sobre la decisión que todavía actualmente, cuatro meses después, siguen en marcha.
El editor Mondli Makhanya, del Sunday Times, lamentaba la larga sombra de la Sudáfrica de antes de la liberación de Mandela en algunos rincones del país. Y pidió: “Revivamos el magnífico futuro que soñamos el 2 febrero de 1990 (la fecha en que se anunció la liberación de Mandela)”.
Algunos consideran que ese anhelo de días de gloria obstaculiza que surjan nuevas ideas para afrontar los problemas de la corrupción, el populismo y la lucha dentro de las filas gubernamentales. Para Frans Cronje, vicejefe del Instituto sudafricano de Relaciones de la Raza, la clave para que los sudafricanos ganen fuerza reside en conseguir que se libere de las promesas paternalistas del CNA. Por ejemplo las expectativas irreales que ha creado el partido en el gobierno del presidente Jacob Zuma, que prometió crear 500 mil puestos de trabajo en 2009. Al final del año, con la crisis financiera global, se estimaba que se habían segado el doble de esa cifra de puestos de trabajo.