Mi gusto por la Navidad se ha parecido bastante al río Guadiana que, según aprendíamos en clases de geografía, desaparece en un momento dado de la superficie de la tierra para resurgir en el punto que se conoce como Ojos del Guadiana. Un río de tales características tenía por fuerza que ser motivo de no pocas leyendas populares, y aunque los estudios científicos prueban que no hay ningún misterio en ello, sino que todo se debe a la naturaleza del lecho por donde discurre, en el lenguaje del español permanece aún una clara referencia a este fenómeno. Basta con que una chica diga de un pretendiente: “no, no me gusta: es como el Guadiana”, para que no tenga que dar más explicaciones. Todos entendemos que la constancia no es precisamente su mayor virtud.
Tampoco ha sido constante mi gusto por la Navidad. Mientras viví en España, el frío del invierno, la niebla, las nevadas, la casa acogedora, el olor de los dulces horneados y la mejor vajilla en la mesa eran el marco de la ilusión de seis hermanos que no admitían decepciones. Sobremesas eternas de conversación, juegos, humor y risas. El Guadiana seguía su curso y de repente desapareció. Me fui a Panamá.
La primera Nochebuena que pasé en el istmo fue dramática. La nostalgia y la soledad me torturaban. Vale señalar que mi esposo era hijo único y que aquel día tenía guardia en el hospital. Cuando a las 12 de la noche comenzaron los fuegos artificiales yo lloraba a lágrima viva, al tiempo que una innata facilidad para verme desde fuera, me recordaba mi inmadurez y mi poco mundo. Me sentía patética. El 25 amaneció un día radiante de verano con brisa incluida. ¿Cómo así? ¿Dónde estaban la nieve, la niebla y el frío? Tardaría algunos años, solo un par de ellos, en disfrutar a tope de la luz del trópico, pero aquella vez primera me resultó abrumadora. Mis hermanos me llamaron para decirme que estaban “todos” reunidos, que lo estaban pasando muy bien y que me echaban mucho en falta. Su intención fue buena, pero los efectos, demoledores. Y empecé a detestar la Navidad.
Cuando mis hijos fueron conscientes de esas fechas, hice un esfuerzo sobrehumano. Después de la cena (que yo hacía al estilo español y que por supuesto quedaba mal, pues ni los ingredientes ni el clima eran los mismos, y además había que meter el turrón en la refri para resguardarlo de las hormigas, detalle que ni el mejor jijona resiste), los abuelos paternos se los llevaban a ver la calle Belén mientras colocábamos los regalos delante del nacimiento. Su alegría fue arrinconando año tras año mi nostalgia.
Supe que mi gusto por la Navidad había reaparecido un 25 de diciembre en que estaban en casa dos jóvenes españoles. Para entonces, yo había aprendido a hacer jamón con piña, encargaba los mejores tamales de Panamá a la madre de Montero, mi recordado compañero de La Prensa, y si bien nunca desterré los turrones fríos, empecé a alternarlos con el cake de frutas.
Estábamos en la mesa y llegó la hora del tamal. Mis invitados miraron con aprensión disimulada por la educación aquella hoja verde que envolvía algo e imitaron nuestros movimientos para dejar al descubierto el tesoro. Se lo comieron entero, pero bien sabido es que cada cultura tiene sus sabores y aquel sabor no era el suyo. Entonces sonó el teléfono. La familia de uno de ellos llamaba para decirle que estaban “todos” juntos, que lo estaban pasando muy bien y que lo echaban mucho en falta. A pesar de ser sin duda un joven cosmopolita, nunca había pasado una Navidad sin los suyos y se derrumbó. La historia se repetía. Con una diferencia. Él volvería a su casa y mi hogar estaba entonces en Panamá.
Es lo que tiene el solsticio de invierno, el día más corto del año y la noche más larga del hemisferio norte, cuando la oscuridad y el frío reunían a los hombres alrededor del fuego, del hogar, y que luego la Santa Madre hizo coincidir con el nacimiento de Jesús. Con tanto éxito, que también se celebra en el trópico, todo él envuelto en brisa y luz.