La crisis económica mundial va a acompañarnos durante una generación, no simplemente un año o dos, porque en realidad es una transición hacia la sostenibilidad. La escasez de materias primas y los daños causados por el cambio climático en los últimos años han contribuido a la desestabilización de la economía mundial que ha provocado la crisis actual. Unos desorbitados precios de los alimentos y los combustibles e importantes desastres naturales han desempeñado un papel importante en el socavamiento de los mercados financieros, el poder adquisitivo de las familias e incluso la estabilidad política.
Visto así, una política esencial que los países desarrollados y en desarrollo deben aplicar para superar la crisis es la de construir infraestructuras idóneas para el siglo XXI. Algunas de ellas son: una red eléctrica eficiente alimentada por energía renovable; redes de fibra e inalámbricas que transmitan la telefonía y la conexión de banda ancha a la red internet; sistemas de agua, riego y alcantarillado que utilicen y reciclen eficientemente el agua potable; sistemas públicos de tránsito urbano e interurbano; carreteras más seguras; y redes de zonas naturales protegidas que conserven la biodiversidad y los hábitats de las especies protegidas.
Esas inversiones son necesarias a corto plazo para compensar la reducción del gasto mundial en bienes de consumo que subyace a la recesión mundial y –lo que es más importante– son necesarias a largo plazo, porque un mundo atestado con 6 mil 800 millones de personas (y en aumento) no puede, sencillamente, sostener el crecimiento económico, a no ser que adopte tecnologías sostenibles que economicen unos recursos naturales escasos. En la práctica, la crisis mundial significa que en el mundo en desarrollo se están limitando las inversiones sostenibles en lugar de aumentarlas. Al perderse el acceso a los préstamos bancarios internacionales, las flotaciones de los bonos y la inversión extranjera directa, ahora se están aparcando los proyectos de infraestructuras de los que se hablaba en el pasado, lo que amenaza la estabilidad política y económica de docenas de países en desarrollo.
De hecho, en todas las partes del mundo hay una enorme acumulación de inversiones atrasadas en infraestructuras decisivas. Ha llegado la hora de hacer un esfuerzo mundial concertado para ejecutar dichos proyectos. No es algo fácil de hacer. La mayoría de las inversiones en infraestructuras requieren la dirección por parte del sector público para crear asociaciones con el sector privado. Lo habitual es que el sector público concierte acuerdos contractuales con empresas privadas no solo para construir las infraestructuras, sino también para explotarlas como monopolio regulado o en régimen de concesión.
Los Estados suelen carecer de la capacidad técnica necesaria para formular semejantes proyectos, lo que crea posibilidades de favoritismo y corrupción cuando se conceden contratos importantes. Es probable que se lancen esa clase de acusaciones contra los gobiernos, aun cuando no sean ciertas, si bien con demasiada frecuencia lo son.
Aun así, la acumulación de semejantes proyectos atrasados está haciendo estragos ahora en la economía mundial. Las mayores ciudades del mundo son una combinación de atascos de tráfico y contaminación. La atmósfera se está llenando de gases que provocan el efecto de invernadero por la intensa utilización de combustibles fósiles. La escasez de agua está afectando prácticamente a todos los centros económicos importantes, desde Norteamérica hasta Europa, África, la India y China.