Si hay alguien a quien no le ha gustado ser famosa es a Sofía Coppola. Casi cualquiera daría lo que fuera por ser la hija de esa leyenda viva que es el director Francis Ford Coppola, haber estado involucrado, aunque sea indirectamente, con más de un clásico moderno del séptimo arte, entre otros beneficios.
A la Sofía no. A ella de repente le hubiera gustado llevar una existencia más anodina, aburrida y normal.
Su cine es autobiográfico, aunque las tramas de sus producciones no lo parezcan, porque siempre presenta a hombres y mujeres en permanente transición, seres que no saben qué hacer con sus vidas cómodas y envidiables.
Aunque Sofía tiene una carrera corta como directora, se ha concentrado en los miedos, dolencias y paranoias de convivir en un ambiente al que pocos tienen acceso, salvo que lo hagan a través de los medios de comunicación social.
Sus propuestas están más cercanas al cine independiente de la década de 1970 de Hollywood o de las cintas de autor hechas en Francia en los años 1960.
En ese sentido, Sofía y Woody Allen son hoy los realizadores norteños más europeos de Hollywood.
En el drama adolescente Las Vírgenes Suicidas (1999), Sofía es una de sus personajes, es una de esas chicas que viven en un mundo plácido y ensoñador dentro de una casa palaciega, pero por adentro se respira una latente tragedia.
Esa exploración de la soledad entre los privilegiados se acentúa aún más con la comedia dramática Lost in Traslation (2003), su mejor producto audiovisual hasta la fecha, en la que un actor está hundido en la decadencia más patética del mundo.
Aunque el drama de época María Antonieta (2006) ocurre en el siglo XVIII, su retrato de la princesa de Austria que la pasa fatal entre el glamour de la capital francesa, es otra forma de ver la gris existencia de los que lo tienen todo.
Luego vino Somewhere (2010), el punto más débil de su filmografía por más que ganó como mejor película en el Festival de Venecia, decisión que fue recibida con indignación por los críticos asistentes a este evento.
Somewhere no es despreciable, el detalle es que solo es aceptable tomando en cuenta que no aporta mucho a lo ya planteado en Lost in Traslation. La mirada de Sofía al universo vacío de un actor famoso ya fue planteado con mejores resultados en Los viajes de Sullivan (1941) de Preston Sturges; El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder y ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) de Robert Aldrich.

