El presidente de Uruguay, José Mujica, completó ayer sus primeros cien días de gobierno durante los cuales dio sus primeros pasos hacia la utopía de transformar el pequeño país sudamericano. Su sueño es convertir a la Nación de 180 mil kms2 y unos 3.5 millones de habitantes, en un país próspero, sustentable e “ideal para vivir”.
Entre sus prioridades, el dirigente, de 75 años, planteó “barrer la indigencia, disminuir la pobreza y masificar el conocimiento y la cultura” para lo cual empezó a impulsar una serie de iniciativas, apenas asumió el 1 de marzo pasado.
Anunció la intención de transformar el funcionamiento del Estado, descentralizar la función pública, radicar universidades en el interior e impulsar un masivo plan de viviendas en un marco en el que “todo es negociable, menos el rumbo”.
Como una máquina de lanzar ideas, a veces cuestionadas pero siempre respetadas, Mujica tuvo que poner un freno a sus ímpetus a mediados de mayo por recomendación de los médicos que le detectaron señales de estrés. Suspendió algunos viajes al exterior ya programados, pero mantuvo su intensa agenda en el país, ante la mirada atenta y el respeto de sus compatriotas que le mantienen abierto el crédito y la confianza. Según un sondeo de esta semana, Mujica mantiene el 63% de aprobación, uno de los índices más elevados en la historia del país, similares a los de su antecesor, el médico Tabaré Vázquez (2005–2010).
En poco más de tres meses, el ex guerrillero logró comprometer a la oposición en un acuerdo estratégico histórico sobre áreas clave como la educación, seguridad, energía y medioambiente. “La vida me enseñó que la apertura es la semilla que más se reproduce”, fundamentó, y puso como única condición para habilitar espacio a la oposición la de asumir un compromiso común con la Nación.
Con los militares gestiona un espacio de “convivencia pacífica” y de progresiva “reconciliación” que es mirado con recelo, cuando no resistido por algunos sectores de la sociedad civil y grupos duros de las Fuerzas Armadas, responsables del último golpe de Estado que abrió camino a una dictadura entre 1973 y 1985.
Mantuvo la política económica de Vázquez, basada en la estabilidad macro y la intención de mejorar la distribución de la riqueza para superar desigualdades y atender a las necesidades de los desprotegidos. Atendió las relaciones con los países de la región, particularmente Brasil y Argentina, sus principales socios comerciales, pero también con Paraguay, Chile, Venezuela y Bolivia, con quienes impulsa acuerdos en comercio y la energía.
El 2 de junio pasado recibió a la mandataria argentina, Cristina Fernández de Kirchner, con quien firmó acuerdos comerciales, de salud y de defensa, y se avanzó en el proceso para la aplicación de la sentencia de la Corte de La Haya respecto al conflicto con la planta de celulosa UPM (ex Botnia) que funciona en la margen oriental del río Uruguay.
Un mes antes, Mujica había tenido un gesto político hacia Argentina cuando habilitó la designación del ex presidente Néstor Kirchner para la Secretaría de la Unasur.