El ser humano es una bestia que tropieza con los mismos prejuicios una y otra vez. Esa es la principal lección de Ágora, una hermosa y contundente película española dirigida por Alejandro Amenábar.
El filme ocurre en la ciudad de Alejandría, en el siglo IV, pero su actualidad da miedo porque su argumento en contra de los fanáticos se mantiene intacto en este movido presente.
Lo que demuestra, hasta el cansancio, que nuestra especie tiende a caminar en círculos y pocas veces avanza en línea recta.
Ágora es una acabada biografía de la valiente y fuera de serie Hipatia (encarnada con maestría por la británica Rachel Weisz), una mujer excepcional que la historia en mayúscula, escrita por más de un machista resentido, decidió prácticamente obviar, por más que sus estudios científicos la deberían ubicar al lado de otras figuras igualmente relevantes, como sus colegas Newton, Galileo, Kepler, Copérnico, Einstein y otros tantos esenciales.
Hoy la mujer todavía es marginada en todas las sociedades, más en el tercer mundo, donde aún es relegada tanto en términos laborales como culturales y económicos.
O sea, hemos avanzado solo unos cuantos pasos desde los tiempos de Hipatia.
En aquellas fechas, cuando el imperio romano iba en picado y ascendía el cristianismo, el fanatismo y el fundamentalismo llevaron a la destrucción de la gloriosa biblioteca de Alejandría, que depositaba casi todo el conocimiento humano de su época.
Ahora, con tantas invasiones de izquierda y de derecha, tanto civiles como militares, todavía los conquistadores destruyen el universo patrimonial de los territorios humillados.
A Hipatia, atea a rabiar y una ferviente enamorada del cielo y las estrellas, la persiguieron por sus ideas los que se jactaban de ser los padres de la verdad absoluta.
Por estos días más de un ser pensante es desterrado de su patria por la prepotencia de los poderosos de turno, que saben del poder de las ideas a contracorriente y por esa razón prefieren imponer por la fuerza su voluntad a crear un libre juego de pensamientos.
No crea que Ágora es una producción en contra de la religión cristina, sino que denuncia los abusos de los que no conocen el valor del debate de altura y la discusión civilizada, y de esos hay tanto en el campo espiritual como en el científico y político.
Es igual que Mar adentro de Amenábar, que no era sobre la eutanasia, sino sobre el derecho del bien vivir.

