Se prepara una nueva temporada turística en Cartagena, y muy pocos de los posibles visitantes –quizás ninguno– visitarán una de las casas más interesantes de la región. Hace siglo y medio era residencia donde se exiliaba un famoso dictador mexicano, y hoy es sede de la alcaldía del pueblo de Turbaco. Por sus corredores paseó su temperamental perfil el general Antonio López de Santa Anna, uno de los personajes más atractivos de esa apasionante novela que es la historia de México.
Para los turbaqueños no era más que “el Cojo”, porque el general carecía de una pierna. Pero para los mexicanos era un hombre decisivo a quien vinieron a buscar a Colombia para enredarlo en aventuras, golpes de Estado y guerras fracasadas.
López de Santa Anna, a quien se conoce mejor por su segundo apellido, ocupa destacado lugar en la galería mexicana de la infamia. Nacido en 1794 en Jalapa, formó primero parte de las tropas españolas coloniales y luego se matriculó en la lucha de independencia. Más tarde derrocó a quien había sido su jefe en esa contienda y repitió la historia con otro comandante al que ayudó a trepar a la primera magistratura y posteriormente a salir de ella. Subir, bajar, tumbar, caer: los cuatro verbos más empleados en los primeros 100 años de historia de América Latina.
Finalmente, en 1833 alcanzó el poder y lo mantuvo hasta 1836, cuando Estados Unidos despojó a México de buena parte del Estado de Texas. Este desastre le costó la presidencia, pero regresó a ella en calidad de dictador tres años después, tras una batalla que le costó la famosa pierna. Hombre noble, le hizo a la malhadada extremidad un sepelio con toda suerte de honores y olores.
En 1845 sus compatriotas lo mandaron al exilio. Vivió en Jamaica algunos años, pero ni él ni su familia estuvieron a gusto en esta isla así que en 1853 resolvió que el sitio para instalarse era Cartagena. Había acertado.
Primero montó domicilio en una casa cartagenera de céntrica calle del Cuartel. Pero al cabo de algunos meses, y tras considerar que el clima era demasiado húmedo, se trasladó a Turbaco. Allí, al amparo de un clima más seco y fresco, el ex dictador se hizo fuerte y querido. Como cargaba abundante dinero, revolucionó la precaria industria de la caña, que cuando él llegó tenía unos pocos trapiches y cuando se fue florecía con más de 50.
Arregló el camino real entre Cartagena y Turbaco para que transitaran carrozas, y construyó la citada casa de hacienda donde se aloja ahora la alcaldía municipal.
Santa Anna era cruel como gobernante pero amable y emprendedor como agricultor. En Turbaco ensayó nuevos cultivos. Su innegable simpatía lo convirtió en el personaje más popular de la región. Afirma un historiador que dejó “muchos hijos naturales”, y más de un turbaqueño reclama en voz baja proceder de su sangre.
En 1585 regresó a México. Pero la vuelta a su patria resucitó viejos problemas políticos, ya que su egolatría y corrupción superaban a su carisma. Pese a haber guerreado siempre, murió dulcemente en su cama en 1876, ciego, cojo y octogenario.
Descontados patriotas ilustres españoles o neogranadinos de pro, podemos decir que López de Santa Anna inauguró la presencia de notables figuras internacionales en Cartagena. Ahora aterriza allí el jet set. Pero pocos se interesan por la historia de aquel eximio representante del pata de palo set.
