Seis de cada 10 electores refrendaron el domingo la iniciativa populista para prohibir la construcción de minaretes [torre de las mezquitas], y la decisión del pueblo suizo ha colocado al resto de europeos frente a su peor espejo: ¿qué hubieran votado los franceses, los alemanes, los italianos, los austriacos, los belgas, los españoles...?
Suiza ha agudizado el debate y el vértigo: la xenofobia, el terrorismo islámico, el auge de la extrema derecha, el encaje del islam, los límites de la democracia... la propia definición de Europa y de la libertad. Quizás por ello, porque muchos reconocieron sus propios demonios, la condena contra la decisión del pueblo suizo fue unánime. “Estoy un poco escandalizado –declaraba el ministro francés de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner–. Es una expresión de intolerancia, y detesto la intolerancia”.
La esperanza del Gobierno suizo, que hizo campaña por el no, es que el derecho internacional tumbe una enmienda constitucional que choca con la Convención Europea de los Derechos Humanos y el pacto de las Naciones Unidas (ONU) sobre derechos ciudadanos y políticos, ratificados por Berna. Un portavoz del Alto comisionado de la ONU para los derechos humanos anunció que un grupo de expertos está examinando la cuestión desde un punto de vista legal.
Suiza tiembla ante una reacción airada del mundo musulmán y ha emprendido una campaña de información. El muftí de Egipto calificó la decisión suiza de “insulto” para todos los musulmanes, a quienes pidió sin embargo que no se dejaran provocar. El líder religioso chií libanés Fadlalah denunció el “racismo contra los musulmanes en Occidente”.
Ante tanta pesadumbre, la gran familia de la extrema derecha y los populistas europeos celebraron el triunfo se sus colegas suizos. “Sobre una Europa casi islamizada ondea ahora la bandera de la valiente Suiza, que quiere seguir siendo cristiana”, declaró el eurodiputado italiano Mario Borghezio, de la Liga Norte. En una nube de euforia, su compañero de partido, Roberto Castelli, viceministro de Infraestructuras, propuso poner un crucifijo en la bandera italiana. El francés Frente Nacional pidió a las “élites” que dejen de ignorar los temores de los europeos. Y el holandés Partido para la Libertad y el Partido del Pueblo Danés anunciaron que quieren el mismo referéndum en sus países.