Como un ejemplo más de que la naturaleza humana no cuenta con un mecanismo adecuado para reconocer los errores que comete, el ex primer ministro del Reino Unido Tony Blair ha declarado hace poco al diario El País que él, el señor Blair, volvería a hacer todo lo posible para expulsar a Sadam Husein –eufemismo tras el que se oculta la voluntad de ahorcarle.
¿Todo lo posible? ¿Ofrecer, por ejemplo, sacrificios humanos a la providencia? ¿Degollar a un niño con sus propias manos y beberse luego su sangre, actividades que solían dejar muy satisfechos a los dioses de antes? Habrá que reconocer que no van por ahí los tiros; hay que ser muy cerril para creer que habría relación de causa y efecto entre una barbaridad así y el derrocamiento del sátrapa. Pues bien, cambiemos de raíz los supuestos.
¿Habría sido capaz el líder de la izquierda británica de sumir a su país en el caos y el descrédito ordenando, qué sé yo, lanzar una bomba nuclear sobre el palacio presidencial de Bagdad? A ciencia cierta que así se habría cumplido con creces el objetivo soñado. Y, de paso, el señor Blair hubiese pasado a la historia como el segundo prócer, después del presidente Truman, capaz de aplicar soluciones finales tan drásticas.
Pero parece claro que no van por ahí los tiros, es decir, las bombas. Que cuando un padre de la patria dice eso de que volvería a hacer lo mismo, e incluso más, se ampara en la pura retórica. Sobre todo porque la flecha del tiempo no cuenta con botón de rebobinado, ni existe la alternativa de segundas oportunidades.
En tales condiciones, lo que pueda invocar un caudillo incapaz de reconocer sus equivocaciones es puro fuego de artificio que en realidad pone de manifiesto lo contrario: que incluso alguien tan ensoberbecido e histriónico como acostumbra a ser cualquiera de los líderes que se sienten dueños del planeta sabe que ha metido la pata hasta el fondo pero se empeña, con harto patetismo, en negarlo en voz alta.
En realidad el papelón asumido por Blair al decir lo que ha dicho es de los de aúpa. Porque ese “todo lo posible”, traducido a lo que contribuyó a que sucediera, incluye a cambio de la cabeza de Husein la catástrofe de una guerra de la que no se sabe cómo salir, la muerte y desamparo de cientos de miles de personas a las que no les iba nada en el empeño, el destrozo de un país soberano con la ruina de todas sus esperanzas inmediatas, el derrumbe de un equilibro geopolítico precario, sí, pero hasta entonces en pie y, ya que estamos, la desaparición de Irak de la nómina de países exportadores de petróleo.
Cabe imaginar pocos desastres más a añadir a la lista de todo lo posible pero, por si acaso, allá va uno: la pérdida de credibilidad de Blair como inspirador del progresismo europeo y su jubilación política. Ni presidente de esa entelequia a la que llamamos Unión Europea ha logrado ser después de que se empeñase en acabar con Husein. Se antoja que éste último, dando sólo su vida, quizá hasta salió ganando.