El dicho anterior tiene más de una interpretación. La acepción a la que me refiero esta semana es aquella de que quien no sabe de algo, no debe criticar.
La palabrita de esta semana la estaba guardando para alguno de esos casos en que el ocio lleva al lector sin mayor oficio a escribir peroratas contra cosas de las que no tiene ni la más remota idea, ya que a pesar de los esfuerzos del periódico La Prensa de elegir prosa elegante, siempre viene alguien como pato en ciénaga y se las hace, pero al final del día, este es “el foro de la libertad” de Panamá, y créanme, queridos lectores, que saboreo sin humildad alguna el privilegio de ser parte de este equipo tan increíble, fundado por don Bobby Eisenmann y el alma elegante de El Ahogado (Guillermo Sánchez Borbón) y ahora liderado, aunque en sabático, por Fernando Berguido.
Sin embargo, me encontré una palabrita que me gustó tanto que la tenía que compartir lo antes posible.
Si te toca alguien pedante y quieres ser diplomático sin pasar de coprófago (del griego fagos o sea comer, y kopros, excremento) le puedes llamar, sencillamente, un “ultracrepidario”.
La palabra, -que dicho sea de paso no aparece en el Diccionario de la Academia de la Lengua Española- se usó en inglés por primera vez como adjetivo en 1819, cuando un tal William Hazlitt la usó en una carta.
El origen de la palabra, no obstante, se remonta a Alejandro Magno.
Cuenta la historia que Apeles, el artista favorito del Alejo, estaba dibujando una sandalia cuando un zapatero vio su dibujo y criticó cómo Apeles había dibujado la hebilla.
Como el artista acogió la crítica y corrigió la hebilla, el zapatero cogió bríos y comenzó a criticar cómo había dibujado la pierna.
Pero ya había terminado con la paciencia de Apeles, quien le dijo: “Ne supra crepidam judicaret”, o sea “no critiques más arriba de la suela”, queriendo decir que el zapatero tenía autoridad para criticar la sandalia, pero no la pierna, ya que no le competía. O sea, “zapatero, a tu zapato”.
Siglos más tarde, los angloparlantes comenzaron a utilizar ultra-crepidarian (que en latín significa “más allá de la suela”) para describir a quienes opinan sobre asuntos de los que no saben ni jota, y ultracrepidarianism para indicar la práctica de estas críticas sin fundamento.
Fundamento, sin embargo, es lo que tiene quien indique, como lo hizo hace décadas George Santayana, filósofo estadounidense nacido en España (1863-1952), que “nuestra dignidad reside, no en lo que hacemos, sino en lo que entendemos”; otra forma elegante de mandar a alguien a freir espárragos, muy útil cuando estás tratando de hacer negocios con un ignorante, de esos que tienen un foot-to-mouth connection alucinante (conexión de pata a boca, o sea, metepatas).
