LA CORRUPCIÓN CRECE FUERTE.

Lo que no se achica

Una de mis golosinas favoritas son las bolitas de tamarindo. Antes eran gorditas, casi del tamaño de una bola de golf, pero ahora, a juzgar por su tamaño canica, creo que las preparan con "chiquitolina", pastillas que tomaba el Chapulín Colorado cuando quería achicarse.

El robusto mafá parece que adoptó la dieta del doctor Atkins, o la de South Beach, porque está convertido en escuálido y cortito bollo de masa. Que se encojan las golosinas no es mi mayor preocupación. Me preocupa, y mucho, que la honestidad se está encogiendo, está cada vez más raquítica; y que la que crece fuerte y abundante es la corrupción, como si se abonara con fertilizantes. Me quedo corta si digo que estoy estupefacta por los detalles del caso del inspector de la Policía Técnica Judicial, Luis Carlos Ramírez, caso que encaja perfectamente en una antología de lo insólito. Ramírez, convertido en todo un empresario del crimen montó su propio negocio, que hubiera podido bautizar "Luis Rent a Gun", copiando la modalidad de alquiler y venta de autos; solo que en vez de autos negociaba armas con delincuentes nacionales y extranjeros a quienes les suministraba las que sustraía, "como Pedro por su casa", de la PTJ.

Ni remeciendo bien todas mis neuronas puedo entender que el director de la PTJ, Jaime Jácome, mantuviera a Ramírez en el mismo puesto de trabajo. Fue investigado dos veces por la pérdida de evidencias y de un arma que guardaba la División de Balística; no pasó la prueba del polígrafo; y se desatendió la solicitud del director de Responsabilidad Profesional de la PTJ, de destituir a Ramírez. Y menos entiendo que este año, Gustavo Barragán, encargado de la PTJ, lo ascendiera de categoría (La Prensa 21/6/07). ¿Presunción de inocencia? ¿Por qué no presunción de culpabilidad ante tantas sospechas? ¡Ah, el debido proceso! El ratón cuidando el queso a pesar de que ante la Fiscalía Anticorrupción se mantenía abierto un proceso contra él. Enterarnos del tinglado que tenía montado Ramírez se lo debemos al delincuente atrapado con un arma desaparecida de la armería de la PTJ; de otro modo, el "proceso abierto" contra Ramírez seguiría en el limbo judicial, como tantos otros casos. La "falta de controles", (eufemismo para calificar la "mangajería" administrativa), ¿será tal?; o como dice la insistente mosca de la suspicacia que me ronda, ¿parte de un plan para facilitar la delincuencia en la PTJ? ¿Cómo no ser suspicaz ante lo que está quedando al descubierto?

Estos "trabajitos", creo, no podían hacerse sin una red de complicidad bien elaborada. ¿Recuerdan que el señor Jácome contrató los servicios de un experto criminólogo colombiano para dictar unos cursos de capacitación que después resultaron (eso dijeron los diarios) en certificados brujos? Con razón. Y por último, que Ramírez amenazó con soltar todo lo que sabe, y debe saber mucho por los 20 años que tenía de ser PTJ; así que mejor pruebe a ser faquir y que no pruebe bocado, o que dé a probar la comida a otro ser indeseable (¿una rata?), no vaya ser que tenga el trágico final que tuvo el inspector Brewster, silenciado para siempre con comida envenenada. Los bienes materiales que compra el dinero son el combustible que impulsa a estos delincuentes a "cranear" algo tan tenebroso como lo que salió de la cabeza del inspector de la PTJ. ¿Sintió Ramírez remordimiento o pesar cuando una bala de los maleantes segaba la vida de un inocente? No creo. Cualquier mordisco de la conciencia lo apaciguan los delincuentes con el televisor de plasma más grande del mercado; la(s) hembra(s); una 4x4 con todos los hierros; o un "manso collarón" de oro y ostentosos anillos.

El caso que se adelanta contra funcionarios del Servicio Marítimo, también ha sacado a flote asuntos de mucha gravedad. Aunque es la venta de la chatarra en el Perseus, lo que aparece con relevancia en los medios de comunicación, lo que captó mi atención fue la confesión de uno de los funcionarios presos: la venta de información a los barcos pesqueros sobre la ubicación y los movimientos de las lanchas patrulleras del SMN. La posibilidad de que esa información haya podido pasar a naves dedicadas al narcotráfico me espeluca el cuerpo. Quisiera creer que los silbatos de alerta se le vendieron únicamente a los pescadores pero, ¿puede descartarse la posibilidad de que no haya sido así?

Otro foco infeccioso de corrupción es el negocio de tierras, especialmente las costeras que, en gran medida, depende de decisiones que caen dentro de la jurisdicción de las autoridades municipales.

Con empresarios inescrupulosos que alteran planos y documentos de propiedad; que falsean los precios de las tierras para evadir los impuestos, y se valen de su poder político o económico para saltarse "a la torera" reglamentaciones ambientales y derechos de servidumbre pública, las autoridades "dizque" ayudan a sus municipios con los ingresos que producen estas transacciones. ¿Y a santo de qué tanta generosidad municipal? Simple.

Porque para dar las aprobaciones, suele estar de por medio el "salpique" que tan bueno es para redondear las finanzas personales.

En este escrito aparecen algunas de las estructuras que si no se desmontan, seguirán favoreciendo la corrupción a la que, lástima, no le pasa lo que a las bolitas de tamarindo y el mafá. No se achica.


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