Hace poco leí un informe sobre los afrodisiacos, aquellas sustancias que, supuestamente, exacerban el apetito sexual. Aunque aparecían las tradicionales recetas del amor, desde el chontaduro hasta el cuerno de rinoceronte, al autor se le pasó por entre las piernas una parte del tema sin que se percatara.
En el mundo de las sensaciones de la carne todo es relativo. A los 20 años uno habla de ajetreos sexuales durante las comidas con amigos; a los 30 habla de comidas durante las comidas; a los 40 habla de comidas durante los ajetreos sexuales; a los 70 come y no habla; a los 80 habla y come poco.
Tengo comprobada esa evolución del sexo a la comida. Es la misma que lleva a muchos señores maduros a relegar el ejemplar del Kamasutra que tuvieron en su mesa de noche y reemplazarlo por La cocina de Arguiñano.
No sugiero que los afrodisiacos no existen, sino que cada edad trae el suyo. Pero, además, que cada persona inventa el que le conviene. Henry Kissinger decía que el poder era el mejor excitante sexual. Y Raquel Welch confesó que su más sensible zona erógena era la imaginación. Algún otro recomendaba comer cacahuates, por los sobrecogedores roces que produce sacudirse las cáscaras rotas. De una vez excluyo al viagra de la lista de afrodisiacos. Una cosa es que a Beethoven le den ganas de componer, y otra que el piano esté templado. A mí me ha dado formidables resultados poner un cd donde aparece la señora Merkel pronunciando un discurso en alemán y apagar las luces de la casa, aunque reconozco que a mis amigas no les produce emoción sino sueño. Otra fórmula que suele funcionar es escuchar el bolero Cosas como tú mientras se lava los dientes.
En tiempos medievales, cuando se tomaba el celibato eclesiástico con menos rigor que ahora, los predicadores consideraban afrodisíaco hablar sobre el sexto mandamiento (“No fornicar”) ante un auditorio de mujeres solteras. La familia Borgia lograba iguales efectos comentando el mandamiento cuatro: honrar a padre y madre. Desde esa época se cree que acostarse desnudo con una persona que uno desea en una buena cama, acompañado por música suave, un buen vino y sin que nadie moleste, puede llegar a ser un afrodisiaco.
Una encuesta reciente en torno al tema de las sustancias y situaciones excitantes demostró lo que vengo diciendo: que no existe una receta única y que los recursos varían de persona en persona. Veamos algunos.
• El novio de una agente de la Policía de Tránsito hallaba tan sensual el silbato, que no pudo volver a fútbol porque le producía resultados indignos y una vez besó a un cartero.
•Un profesor de álgebra resolvía el teorema de Pitágoras sobre la espalda de una mujer desnuda.
• Una señora mexicana afirmaba que venció la frigidez cambiando llantas de un camión mientras recitaba sonetos de Amado Nervo.
• Un banquero descubrió el placer de hacerle cosquillas a su pareja en la base del cráneo con el dedo gordo del pie a tiempo que ella trataba de hundirle un ojo con el codo izquierdo.
Es cuestión de ensayar, descubrir y perfeccionar su propio método. No hay que creer en publicaciones de prensa al respecto.
