Es como aquel vaso de bon vino de Gonzalo de Berceo el que el superior del convento griego católico de Malula me ofrece después de mi visita a Mar Sarkis, San Sergio en árabe. Es un vino de cuerpo recio y algo dulzón que esta pequeña comunidad de religiosos, campesinos y vinicultores, cuya orden fue fundada para fomentar la unión de las iglesias de Oriente con la católica, cultiva en estas altas tierras abruptas de Siria.
Hay viñedos en torno a este convento de piedra ciega sin aberturas, con una cúpula azul. Se penetra en el convento por un portón bajo en el que hay que inclinar la cabeza, que comunica con un patio alegre recién enjalbegado. En el piso cuelga la ropa tendida de la familia del religioso. Por una galería con geranios veo jugar a unos niños que hablan y gritan en una lengua que jamás había oído en las tierras de Oriente.
Malula es un pueblecito pintoresco levantado, o mejor dicho, adosado, a las rocas de un angosto cañón. Sus casas blancas, azules o malvas se empinan casi hasta la cumbre. En lo más alto quedan las cuevas excavadas en la antigüedad; de algunas de ellas manan aguas milagrosas. En este capricho ocre del paisaje con el oasis del valle -la naturaleza copia algunos cuadros cubistas y me evoca el caserío de Horta de Sant Joan de Picasso-, se forjó la leyenda de santa Tecla, patrona del lugar. En Malula viven 4 mil almas, en su mayoría de religión católica u ortodoxa.
Cuentan que cuando santa Tecla recién convertida al cristianismo huía de la persecución de su padre, que quería darle muerte por haber renegado de los dioses paganos, se encontró, de pronto, acorralada al pie del peñasco. Fue entonces cuando el milagro quebró la piedra y Malula -la entrada, en lengua aramea- se abrió. Cabe este cañón cuyas paredes se tocan, a veces, con los dos brazos tendidos, se congregó un pueblo de cristianos. Fueron levantadas capillas y ermitas. Y en la carretera, una mezquita.
Estos habitantes cristianos y musulmanes tienen en común el hablar un idioma que en las universidades de Occidente se estudia como una lengua muerta y que en este rincón de Siria, a solo 60 kilómetros de Damasco, es la lengua coloquial.
El arameo, el idioma hablado en Palestina antes y durante la vida de Jesucristo en el que fueron escritos algunos textos de la Biblia, es la palabra viva de Malula.
Hasta hace poco no se estudiaba en las escuelas, donde solo se aprende árabe, pero los niños la reciben de sus padres por tradición oral. Nadie la sabe leer y escribir en el pueblo, ni en Jabadin ni en Bakah, estas otras aldeas en las que también se habla. Solo hay -explica el religioso de Mar Sarkis- un profesor alemán que vive en Malula y que está elaborando una tesis doctoral sobre su gramática, capaz de hablarla.
El Saliba tiene fe en que esta lengua, en la que se expresan las gentes además de utilizar el árabe, que es la lengua de Siria, perdure. Confía en la fuerza de la tradición oral, tan viva en las sociedades orientales. Sabe que los niños de Malula antes de aprender el árabe tienen muchas dificultades de expresarse bien, porque su verdadera lengua materna es el arameo. Para intentar evitar su decadencia irremediable, el rais Bachar el Assad ordenó la apertura de una escuela en Malula. Y en la Universidad de Damasco ya se estudia también junto con otras lenguas semíticas como el caldeo, muy extendido entre las comunidades cristianas agonizantes iraquíes. En el convento, en lo alto del cañón de piedra excavada de Malula, han grabado en arameo el pater noster y otras oraciones de la liturgia de la Nochebuena y del Viernes santo.