[REFLEXIÓN]

El azar controla nuestras vidas

Nada más caerse de la moto en el circuito de Motegi durante la primera jornada de entrenamientos libres del gran premio del Japón de Moto GP, el piloto español Dani Pedrosa supo que sus heridas eran importantes. Bajo el dolor y la decepción, sus palabras fueron las siguientes: “Creo que no merecía esto”. Muchos estamos de acuerdo.

La reflexión es cierta en términos de la mente humana; Pedrosa había trabajado hasta la extenuación, se había esforzado de manera notable en el empeño bien difícil de hacerse con el campeonato del mundo. Así que se merecía otra cosa. Los seres humanos, que inventamos los términos morales, tendemos a aplicarlos más allá de la valoración de nuestras propias acciones buscando no solo dar sentido al universo sino atribuirle, encima, un empeño justo. Tener éxito sería, pues, una consecuencia de la aplicación, del sacrificio, de la capacidad de trabajo, y, ¡ay!, de las condiciones intelectuales de cada uno. Pero por desgracia para ese planteamiento antrópico no existe nada parecido a la justicia, con mayúscula, en la naturaleza, ni los procesos físicos se ajustan a otra cosa que las leyes del universo. Si Dani Pedrosa se cayó es porque el equilibro de su moto se vio alterado a causa, según parece, de trabarse el acelerador y tener que frenar de forma violenta en una curva. Tal vez la avería llegase como consecuencia de un trabajo mal hecho por parte de algún mecánico, quien sabe, y en ese caso Pedrosa tendría razón: habría un culpable al que atribuir el accidente. Pero también puede que se tratara de algo ajeno a la voluntad y aun a la acción humana; algo que, ignorantes como somos de tantas cosas, atribuimos al azar a falta de explicaciones causales mejores.

El azar controla nuestras vidas. De hecho, la evolución por selección natural es una especie de historia de los azares sucesivos que han llevado a cada especie al lugar que ocupa. El meteorito que, según parece, causó la extinción de los dinosaurios no pretendía hacer justicia ni favorecer a los mamíferos de entonces abriéndoles un abanico de oportunidades adaptativas. Siguió las leyes de la mecánica igual que lo hizo la moto de Pedrosa en el Japón. Pero nuestra naturaleza incluye la rebelión ante lo que nos parece injusto y ningún candidato mejor que el azar para el trono de la injusticia suprema. Los griegos clásicos supieron unir de una forma tan bella como interesante esos universos paralelos del deseo y del hado, dando lugar al nacimiento de la tragedia como arte. Hay culturas, como las de los Azande africanos, que no admiten ni el azar ni la casualidad en aspectos como las enfermedades y buscan los culpables de cualquier mal que les aceche. En su mundo paranoico, el accidente de Pedrosa habría sido causado por alguien que le echó mal de ojo. Enemigos, espíritus; dioses incluso: la mente humana es capaz de albergar cualquier recurso que nos permita dar un significado a los acontecimientos que se limitan a suceder, sin más. Y a veces concluye que no nos merecemos lo que nos pasa.


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