Cuando el 31 de diciembre de 1999 finalizaba la reversión de los territorios que conformaban la antigua Zona del Canal y el propio Canal, a manos panameñas, lo que quedó en el imaginario colectivo de los panameños se resume en esta frase: “el Canal es nuestro”. Y ciertamente lo fue, sin embargo, nunca hubo un proceso de apropiación patrimonial del legado arquitectónico y urbanístico de los poblados civiles y militares que dejaron los norteamericanos. Y la política del Estado panameño se dirigió a reforzar la idea de que el Canal era nuestro, pero Balboa, Albrook, o Gamboa, por ejemplo, no eran algo muy nuestro, probablemente debido a que fueron edificados por los norteamericanos y recuerdan todo ese pasado doloroso asociado a la constitución y mantenimiento del enclave colonial. Pero y el Canal, ¿no fue construido por los Estados Unidos también? ¿y a caso no fue esa la principal razón de ser del enclave colonial?
Lo cierto es que esos poblados fueron construidos con el fin de mantener y proteger el Canal, que junto al propio Canal y los bosques que le escoltan, constituyen un claro ejemplo de paisaje cultural, que no ha sido reconocido como patrimonio.
Uno de los mejores representantes del urbanismo de la Zona es el poblado de Balboa, el cual fue la principal sede administrativa de la Zona del Canal, cuyo punto neurálgico era el edificio de la Administración y el espacio abierto que el antecede, el paseo de El Prado. Este conjunto monumental arquitectónico-paisajístico tuvo como antecedente la renovación urbana del Mall de la ciudad de Washington, 10 años antes que Balboa, el cual simbolizó el surgimiento del “nuevo imperio”. En el caso del conjunto de El Prado también representa el imperio, pero además es testimonio de la voluntad de los Estados Unidos de remarcar su supremacía, su poder, y su soberanía sobre la Zona del Canal; y la importancia de conservar su patrimonio paisajístico reside en los servicios culturales que brinda, en la comprensión del pasado y la construcción de nuestra identidad.
La necesidad de que Balboa sea protegido se hace evidente en la actualidad cuando se están proyectando una serie de infraestructuras urbanas que podrían atentar contra la integridad de su paisaje. Una de ellas es la línea 3 del metro, que, aunque fue modificada en su paso por Balboa, proponiéndose un alineamiento soterrado, causa cierta inquietud a dónde será ubicada la estación y cómo será su diseño. Paralelamente el diseño y construcción del puente sobre el Canal paralelo al actual Puente de las Américas, es una estructura aérea que dependiendo de su trazado también puede representar un impacto negativo en el paisaje de Balboa. En ambos casos se demuestra la falta de protección de este patrimonio paisajístico, ya que no existe ninguna norma estatal que obligue a cumplir con su conservación. Con lo cual ese patrimonio está en manos de la buena voluntad de los contratistas de dichos proyectos.
Una declaración pública y jurídica del valor patrimonial del urbanismo y paisajismo de Balboa debería dirigirse como una vía para superar la antipatía por ese legado cultural canalero, lo que implica señalar la importancia histórica y significado cultural del poblado de Balboa, y además reconocerlo como parte de nuestra memoria histórica sobre la presencia norteamericana en Panamá durante el siglo XX, para las próximas generaciones.
Ello involucra un proceso de asimilar nuestra historia, y aceptarla. No reconocer ni proteger el patrimonio histórico de Balboa, Gamboa o Clayton, ignorar su significado y la relación que guardan con el Canal, es borrar nuestra propia historia y su papel en la construcción de nuestra identidad. En ese sentido, el historiador Yuval Noah Harari en su libro Sapiens nos recuerda que “todas las culturas humanas son, al menos en parte, la herencia de imperios y de civilizaciones imperiales, y no hay cirugía académica o política que pueda sajar las herencias imperiales sin matar al paciente”.
La autora es arquitecta

