[GUERRA EN AFGANISTÁN]

No basta con enviar tropas

Observadores electorales sugieren que casi un tercio de los votos depositados en las elecciones del 20 de agosto están manchados, y que el presidente Karzai participó en un fraude.

Si el presidente Barack Obama puede encontrar una forma de balancear el número preciso de efectivos militares que estabilizarán a Afganistán y Pakistán, sin orillar a Estados Unidos a un Vietnam allá, entonces él efectivamente merece un premio Nobel.

Yo no tengo problema alguno con que el presidente se tome su tiempo para averiguarlo. Él y nosotros vamos a tener que vivir con esta decisión por largo tiempo. Sin embargo, por mi dinero, desearía que se hablara menos acerca de cuántos efectivos más se debe enviar y que el enfoque se centrara en mayor medida en qué tipo de gobierno afgano tenemos como nuestro socio.

Esto porque, cuando se monta una campaña de contrainsurgencia, el gobierno local es el puente crítico entre las propias tropas y objetivos. Si ese gobierno está podrido, toda tu empresa está condenada al fracaso.

Observadores electorales que trabajan por su cuenta sugieren que casi un tercio de los votos depositados en las elecciones del 20 de agosto están manchados y que el presidente Karzai, al parecer, participó en un masivo fraude para terminar en la cima. Empero, se supone que él es el puente entre el repunte de tropas de EU y nuestro objetivo de estabilidad en Afganistán. De ninguna manera.

Yo entiendo lo mucho que hay en juego en la estabilización de Afganistán y Pakistán. El general Stanley McChrystal, nuestro comandante al mando allá, quien está solicitando miles de tropas adicionales, no está equivocado cuando dice que muchas cosas malas surgirían si Afganistán se perdiera ante el talibán. No obstante, sigo preguntándome: ¿Cómo tenemos éxito con un gobierno tan manchado como nuestro socio?

Sé que Jefferson no estuvo en la boleta electoral. Sin embargo, hay una enorme diferencia entre suficientemente bueno y disfuncional y corrupto. Sin consideración a qué pudiéramos pensar, demasiados afganos piensan que nuestro socio, Karzai y su equipo, son llanamente horrendos.

Es por eso que no basta con que meramente enviemos más efectivos militares. Si vamos a hacer un nuevo compromiso en Afganistán, tenemos que mostrarle de manera visible al pueblo afgano que esperamos un tipo de gobierno diferente al de Karzai, o quienquiera que gobierne, y negarnos a proceder sin él. No tiene que ser Suiza, pero sí tiene que ser suficientemente bueno; esto es, un gobierno bajo el cual los afganos estén dispuestos a vivir. Sin eso, el despliegue de más tropas solamente demorará una derrota.

No tengo la seguridad de que Washington entienda bien en qué medida la insurgencia encabezada por el talibán es, con frecuencia cada vez mayor, una insurrección en contra de la conducta del gobierno de Karzai; no en contra de la religión o civilización de sus socios internacionales. Y demasiados afganos nos culpan por haber instalado y mantenido a su gobierno. Karzai ya está intentando socavar mayor escrutinio internacional de esta fraudulenta elección y evitar cualquier desempate electoral.

El lunes de esta semana, su aliado en la Comisión de Quejas Electorales, Mustafa Barakzai, renunció, alegando “interferencia foránea”. Eso es Karzai intentando volver a su gente en contra de nosotros para impedirnos limpiar unas elecciones que él contaminó.

En conversaciones con expertos en Afganistán de Kabul, Washington y Berlín, una imagen está surgiendo: el gobierno de Karzai tiene mucho en común con una familia de la mafia. Donde un gobierno normal reúne ingresos del pueblo en la forma de impuestos y después los distribuye entre sus instituciones locales y regionales en la forma de asignaciones del presupuesto o clientelismo, este gobierno afgano opera al revés. El dinero fluye hacia arriba desde el campo, en la forma de pagos por oficinas compradas o presentes de gente allegada.

Lo que surge desde Kabul, destacan los expertos, es el permiso para la extracción sin límite, protección en caso de enjuiciamientos y castigo en caso que el funcionario se oponga al sistema o salga del orden. En el “mundo Karzai”, todo parece indicarlo, ya sea que se venden puestos (a personas que los compran para obtener ganancias) o se otorgan a compadres o allegados, o se entregan para comprar a rivales.

Tenemos que ser muy cuidadosos de que no seamos vistos como los que hacemos valer este sistema.

Mientras estuve de visita en Afganistán en julio pasado, conocí a un gobernador provincial de importancia clave, del cual me dijo cada funcionario estadounidense que era el mejor y más honesto en Afganistán; y después, agregaron: Tenemos que combatir a Karzai cada día para impedir que sea despedido. Eso es lo que les pasa a quienes se oponen al sistema de Karzai.


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