Por las calles de San Salvador

Por las calles de San Salvador
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El centro de San Salvador es caótico y caliente, casi como nuestro Calidonia. Hay tramos enteros bloqueados por puestos ambulantes, gente a pie y panfletos blancos pegados en cualquier parte que dicen: “Don Ramón está harto”. Jorge, el taxista de turismo, dice que se trata de los buhoneros, hartos de que las maras les exijan “renta”.

Jorge tiene armado un recorrido y se le agradece. Una de las paradas es el Palacio Nacional, hoy Archivo General de la Nación. Con detalles neogóticos, neoclásicos y renacentistas, el edificio tiene unas imponentes columnas que parecen ser las del video que el Grupo Experimental de Cine Universitario (GECU) filmó con Rubén Blades: el clásico del Padre Antonio y su monaguillo Andrés.

Blades toma la historia del asesinato de Óscar Romero y compone una canción. En la parte final del video hay escenas de la guerra salvadoreña, de los tanques, de los bombazos. Aparece entonces la gente despavorida, corriendo frente a esas columnas.

Resulta que allí donde estoy parada tomando fotos, hubo en 1980 desesperación y muerte. Monseñor fue asesinado mientras daba misa el 24 de marzo y, el 30, mientras miles de salvadoreños cantaban en las calles del centro para despedirlo, comenzó el ruido terrible de las balas y la metralla.

“¡Compañeros, a las cunetas!”, se oye en un video de Youtube sobre el día del funeral de Romero. Alguien dice por los altoparlantes: “¡No hay que mostrar miedo! ¡Por favor, no correr en desbandada!”.

Pero la gente corre y corre, mientras otros están paralizados en el suelo. Alguien le pide a uno que agache la cabeza, y se ven ancianas que, imposibilitadas de correr, simplemente están. Hay gente recogiendo cuerpos, hombres con revólveres, un camarógrafo en medio de ese río de papeles y zapatos. Y otra vez la voz del altoparlante que ahora ordena: “¡Entren a Catedral! ¡Entren a Catedral”.

En la Catedral Metropolitana, vecina del Palacio Nacional, está enterrado Romero. Para los salvadoreños, es un sitio especial. Los registros indican que ese domingo 30 de marzo murieron 44 personas durante la estampida provocada por las fuerzas de seguridad, que dispararon desde el Palacio contra quienes participaban del cortejo fúnebre.

Un par de calles más allá está el Parque Cuscatlán. Hay un busto de Pablo Neruda bajo un árbol y una pared inmensa de granito negro grabada con cientos, miles de nombres. Es la lista de los muertos y desaparecidos de la guerra civil.

En un espacio aparte se lee: “En los treinta mil nombres labrados en este Monumento a la Memoria y la Verdad no están inscritos los nombres de miles de víctimas civiles que jamás llegaron a conocerse. A ellos y ellas está dedicado este espacio”.

Estoy de vuelta en el Crowne, cuando Jorge el taxista lo cuenta: Durante esa ofensiva que el FMLN hizo en 1989, los guerrilleros decidieron tomarse el Hotel Sheraton de la colonia Escalón. Había allí varios soldados estadounidenses hospedados -el Ejército de Estados Unidos fue mentor del salvadoreño- y los tomaron como rehenes. Así que el hotel donde dormí como reina fue 22 años antes zona de guerra... Solo que ahora se llama Crowne.

La segunda vez que viajé a El Salvador fui hospedada en el Intercontinental, frente al centro comercial Metrocentro.

Invitada otra vez por el IIDH, esta vez el seminario es en un salón del hotel, pero hay allí reunidas cientos de historias.

Están los hondureños que dicen: “Hemos vuelto a la dictadura; se están violando los derechos”.

Están los mexicanos de Ciudad Juárez: “No más sangre. Queremos que se respete la vida”.

Están los kunas panameños, que exigen los territorios de Santa Isabel; y representantes de los pueblos indígenas salvadoreños que piden que se les reconozca como grupo étnico.

También están dos hombres, de unos 60 años quizás, veteranos de la guerra salvadoreña: “Nos preocupa el estancamiento de la democratización. El poder de decisión está concentrado en los partidos políticos, y en los partidos políticos la gente no se expresa”.

Tania Preza es salvadoreña y está a cargo de las Comunicaciones del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI), ubicado a pocas calles del Intercontinental.

El museo está en la urbanización La Esperanza y en su planta baja tiene unas pocas salas. Están montadas exposiciones sobre el escritor Salarrué; sobre Roque Dalton, poeta y novelista; y sobre la Insurrección de 1932, que enfrentó a los indígenas (quienes pedían mejores condiciones de trabajo) con los terratenientes del café.

Hay, además, una sala que es un viaje al pasado. Un viaje que se puede palpar y escuchar.

El fundador del Museo es Carlos Henríquez Consalvi, periodista venezolano también fundador de Radio Venceremos. La Venceremos nació al calor de las luchas guerrilleras, en las montañas de Morazán. Hoy entra una al cuarto que imita la “cabina” de transmisión y se pueden escuchar esas viejas grabaciones: “Se oye Radio Venceremos desde el centro de la montaña, transmitiendo tus mensajes del poder de un pueblo en armas”. Música. Bien una marcha. Bien la voz suave de Silvio. “Radio Venceremos, ¡la voz de nuestra revolución!”.

Shhhhhhhhh, shhhhhh... El “mosquero” de fondo.

Dice Preza que lo de Venceremos fue un “periodismo de guerra”. Que el museo tiene un archivo de 30 mil fotografías -muchas donadas por periodistas que cubrieron los conflictos- y que los videos se están digitalizando.

Las fotografías, en blanco y negro, d i c e n. Está una mujer hecha greñas, mirando a la cámara con cara de espanto. Hay cadáveres empapados de sangre, uno al lado de otro, y alguien que los acomoda. Al fondo, dos niños. El niño mira hacia ninguna parte; la niña, hacia los cuerpos, y en su gesto solo hay desconcierto.

Hace unas semanas, y a propósito de los 30 años de la muerte de Romero, en la Biblioteca Nacional de Panamá se expusieron algunas fotos de monseñor en sus faenas. Aunque escasa, la muestra estaba acompañada de extractos de las homilías que quedaron por escrito de monseñor.

¿Sabe usted por qué han quedado registros escritos de esas homilías?

Porque dadas las explosivas palabras de Romero -en el ambiente político que le tocó vivir-, de su creencia en la teología de la liberación y del llamado a la paz y al cese de la represión y de los asesinatos que hacía desde la Catedral, el Vaticano le exigió las copias.

Pues bien, Romero dijo en su homilía del 30 de abril de 1978: “Que se capacite a los niños y a los jóvenes a analizar la realidad de su país. Que los prepare para ser agentes de transformaciones, en vez de alienarlos con un amontonamiento de textos y de técnicas que los hacen desconocer la realidad. Una educación que sea educación para una participación política, democrática, consciente”.

El Salvador no se puede olvidar.


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