Adelante, niños de la patria, por más que el día de la gloria no haya llegado ni, de momento, haya señal alguna de que vaya a aparecer. Adelante: formen una fila y dispóngase a recibir su carnet que les acreditará como tales, como ciudadanos en vías de desarrollo, pese a que, ahora mismo, ni siquiera el presidente Sarkozy, autor de la idea, sepa en qué consistirá el ejercicio de integración ni cómo se demostrará el orgullo de ser francés más allá de lucir la bandera tricolor en la fachada de los colegios. Una comisión de parlamentarios, intelectuales e historiadores del país galo se encargará de redactar el contenido de las pruebas de acceso a la ciudadanía.
¿Parlamentarios, historiadores e intelectuales? Empezamos mal. ¿Por qué no tenderos, electricistas y artesanos de cuerda y viento? Por definición, la ciudadanía no es materia propia de las elites sino atributo del montón. Ni la toma de la Bastilla, ni las barricadas de la Comuna, ni las filas de la resistencia se vieron nutridas de senadores y ensayistas. Fueron los obreros, los dependientes, los funcionarios quienes no sólo ejercieron de ciudadanos sino que inventaron, de hecho, el orgullo de serlo con permiso de Montesquieu y Voltaire, que quedan ya demasiado lejos en el camino como para servirnos de referencia para el viaje actual.
Pero ni siquiera recurriendo a los padres de la patria por antonomasia, que –en Europa al menos– es la de la república francesa, hay forma de dar con la idea, más bien propia de un burócrata soviético, de ponerle a cada escolar un ‘carnet’ en la mano para que dé fe de su compromiso ciudadano.
Con el contrato social sucede tres cuartas partes de lo mismo. Quienes lo urdieron –ilustrados también y muchos de ellos, más allá de Rousseau, anglosajones– no pensaron en un librito con tapas duras y muchos sellos sino en un concepto capaz de vertebrar sociedades, voluntades y mentes. Algo para lo que no eran precisas comisiones, ni carteles con la declaración universal de los derechos humanos –papel mojado, de momento, donde los haya. Bastaba con el entusiasmo y la razón.
Dice Sarkozy que la Nación francesa demanda unidad y orgullo nacional y, como respuesta, el Presidente les va a dar el ‘carnet’ a los escolares. Pero el verdadero problema es otro: el de saber quiénes entran en esa condición ciudadana y quiénes, en especial, se quedan fuera.
De eso se trata: de tener claras las cartas de mareas en esta navegación por mares tenebrosos en los que hemos convertido la refundación europea. Se habla de patria, de identidad, de derechos y nadie sabe en realidad a quién amparan y contra quién se esgrimen. ¿Moros frente a cristianos? Una simpleza: la Europa de los 25, si no son más –que he perdido ya la cuenta– incluye buena parte de lo que antes veíamos como bárbaros, vikingos, orientales, infieles casi. Redactar las condiciones del ‘carnet’ de joven ciudadano va a ser como un crucigrama del que ni siquiera sabemos en qué lengua podría resolverse mejor.