[CORRUPCIÓN]

Bajo la carpa

Cuando la opinión pública se lanzaba contra los jueces, éstos denunciaron las pésimas condiciones en que se encuentran los juzgados españoles, donde se acumulan expedientes sin resolver.

En las últimas semanas, España se ha convertido en una carpa de circo: jueces que se declaran en huelga; un ministro de Justicia que coincide en una cacería con el juez de la Audiencia Nacional, justo en los días en que éste imputaba de corrupción a personajes ligados al Partido Popular. Dimisión del ministro. Y sobrevolando todo ello, las elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi, que se celebraron el pasado domingo, 1 de marzo.

Los circos, sin embargo, no se limitan a la inocente comicidad de los payasos. En ellos hay seres monstruosos, fieras, domadores, trucos engañosos y equilibristas que se juegan la vida para disfrute del público.

La huelga de los magistrados tuvo su origen en una tragedia: en enero de 2008, la niña de cinco años Mari Luz Cortés murió a manos de un pederasta que debía estar preso en el momento del crimen, cumpliendo una condena de dos años, dos meses y nueve días por abusar sexualmente de su hija. El juez encargado del caso no había ejecutado la sentencia y el asesino estaba aún libre. Cuando la opinión pública se lanzaba contra los jueces, éstos denunciaron (por enésima vez) las pésimas condiciones en que se encuentran los juzgados españoles, donde se acumulan expedientes (legajos y legajos de papel en el siglo XXI) sin resolver, a falta de recursos informáticos y de personal.

De ahí a la huelga solo hubo un paso, y justo es reconocer que el ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, la manejó mal: no se le ocurrió otra cosa que intentar la presentación de una ley que prohibiese otra huelga en un futuro. Tras alumbrar semejante idea, y cansado como estaba el hombre, fuese de cacería, sin licencia para cazar, a la provincia de Jaén, y quiso el destino que coincidiera con el juez Baltasar Garzón que andaba en lo mismo y por los mismos montes, pero con licencia. Era un fin de semana, de la semana en que se había filtrado a la prensa que el juez investigaba una trama de corrupción vinculada al Partido Popular. Y entonces sí, respetable público, llega el número fuerte de este espectáculo circense.

Acorralado por la sospecha de corrupción, del PP surgió una idea que competía en lucidez con la ya citada del ministro: posaron juntos todos los grandes y se hicieron una foto, la foto de la unidad, como si España entera no supiera que se tiran los trastos a la cabeza en una enconada lucha por el poder interno. Una vez retratados, esgrimieron la vieja teoría del complot: lo esencial no era que miembros clave del partido, como el presidente de la comunidad valenciana o el actual tesorero del PP hayan sido imputados por Garzón en la trama –pecata minuta a su entender–, sino que Fernández Bermejo y el juez coincidieran en la cacería, a la que habrían acudido con el fin de urdir la estrategia entre tiro y tiro para hundir al Partido Popular de cara a las elecciones autonómicas. Demasiado simple para tomarlo en serio, como simple es pensar que Bermejo dimitió exclusivamente por el asunto cinegético y no por su pésima gestión al frente de la cartera de Justicia.

De cualquier forma, muerto el perro, se acabó la rabia, y la dimisión del ministro dejaba al PP sin cortina de humo tras la que esconder los trapos sucios. Pero quedaba Baltasar Garzón, el juez admirado por unos, odiado por otros, y envidiado por todos a causa de su valentía rayana en la temeridad. El juez estrella, con lo que eso lleva de halago y menosprecio. El Partido Popular se apresuró a acusarlo de prevaricación –palabrita que suena a delito carnal, pero que en este caso no sería más que el intento de extralimitarse en sus funciones, dado que algunos de los implicados (diputados o senadores) son aforados y sus casos deben ser juzgados en los Tribunales Superiores. Pero Garzón, sobreviviente de mil batallas contra la corrupción de cualquier color político, ya había hecho el mandado.

El PP quedaba desnudo ante el peligro. El proceso dirá si los corruptos son satélites ajenos al partido, o si la trama alcanza a su financiación.

Un triste espectáculo. Ahora entiendo por qué algunos niños salen llorando del circo. Intuyen que tras la vistosidad de los colores, hay un mundo oscuro, ruin y peligroso.


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