[DESDE EUROPA]

De chiripa

Los anglosajones llaman serendipity a la circunstancia afortunada que lleva a que, buscando algún ingenio o mecanismo ya sea científico o técnico, se dé por casualidad con otro en el que ni siquiera se pensaba pero resulta de lo más útil para otro cometido diferente. No sé cómo se traduce al castellano esa palabra. Llamar suerte, sin más, a la circunstancia afortunada de toparse con soluciones antes siquiera de plantear su necesidad, es demasiado genérico. “Serendipiedad” suena de manera horrible y no deja de ser una chapuza de traducción textual. Pero carecer de la palabra adecuada no es excusa suficiente para dejar de lado el hecho de que esas sorpresas tan útiles existen.

Giorgio Riccobene, físico de partículas, y Giovanni Pavan, biólogo marino, ambos italianos, merecerían el premio a la “serendipiedad” de la semana, gracias a un descubrimiento del que se ha hecho eco hace poco la sección de novedades de la revista Nature y con un título parecido al de esta cuartilla, The neutrino and the whale, aunque con un guiño al libro de Murray Gell-Man El quark y el jaguar. Riccobene y Pavan buscaban en las aguas marinas partículas subatómicas, neutrinos, provenientes del espacio. Pero lo que grabaron en sus experimentos fue otra cosa: los sonidos que emiten los cachalotes al comunicarse. En concreto, los lanzados por los machos cuando rondan grupos de hembras. Lo más probable es que se trate de mensajes relacionados con el apareamiento y el posible significado podría tener que ver con la secuencia de los gritos –tampoco sé si cabe llamar así a los sonidos de las ballenas–, con un ritmo que, gracias a Riccobene y Pavan, se sabe que es diferente al hasta ahora registrado.

Las aguas en las que se grabó a los cachalotes fueron las del este de Sicilia, un lugar en el que, de acuerdo con el especialista en biología marina, esas ballenas son raras. Sin embargo, no lejos de allí –en términos, al menos, de lo que es la distancia para un cetáceo–, en el sur de Cerdeña, yo he visto cachalotes que, al amanecer de un día del mes de julio, se acercaron bastante al velero encalmado en el que me encontraba.

Cualquier aficionado sabe que los sonidos melodiosos de las yubartas forman una armonía capaz de servir como música relajante. Nunca he oído los clics de los cachalotes pero me gustaría saber más acerca de esos diálogos relacionados con el celo. Habrá que esperar. Por desgracia, Riccobene y Pagan no han encontrado la financiación necesaria para seguir en su estudio de las pautas de los cachalotes. Parecen lógicas sus dificultades. La “serendipiedad” puede conducir a inventar por azar el post-it y convertir en un negocio enorme la búsqueda fracasada de un pegamento. Pero, ¿qué cuenta de resultados de una multinacional podría alegrarse a costa de los mensajes de los cachalotes? La ciencia básica vende poco en estos días. O bien conduce al azar a algo de gran interés económico, o tiene que contentarse con las migajas.


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